La capitana se había empeñado en permanecer bajo el agua. Parecía querer comprobar cuánto podía soportar sin salir a respirar, pero la realidad es que no tenía nada que demostrarse a sí misma. Al menos, no en cuanto a lo que tiene que ver con su capacidad pulmonar. Simplemente quería asimilar lo que la rodeaba y afrontarlo con el aire del que disponía. Por desgracia para ella, llegó un momento en el que la presión en su pecho fue demasiado fuerte para soportarla. Aun así, cerró los ojos y apretó los puños, tratando de seguir adelante a pesar de el dolor se abría paso hacia su cerebro, como si poco a poco su cuerpo se quebrase por dentro. El pánico comenzaba a invadir sus miembros hasta entonces inmóviles en las profundidades, agitándolos compulsivamente. Y ya no pudo más. Emergió rápidamente, más de lo debido, sin apartar la vista de la superficie que se le antojaba más lejana cuanto más se esforzaba por llegar hasta ella. Sacó la cabeza y abrió la boca, queriendo inhalar más aire del que cabía en su cuerpo helado por la desesperación. Pero aquí está al fin, arriba, respirando y sintiendo cómo se le nubla la mente. Sin embargo, lo prefiere, ya que ha sabido en sus carnes lo que es estar a punto de morir ahogada. Y no le gustó la experiencia.
Cuando el dolor de cabeza le deja pensar, medita acerca del precio de ser consecuente, de decir la verdad cuando este acto puede perjudicar no sólo a uno mismo, sino a los que le rodean. Se pregunta si es lo que uno debe hacer siempre, y le ofende preguntárselo cuando era algo que antes defendía ciegamente. Pero es que la capitana ha entrado ya en el mundo de los mayores, donde uno se cuestiona ciertas cosas y ciertos sueños. Digamos que desde hace unos meses, en su corazón no hay mucho sitio para utopías. Tampoco lo hay ya tanto para las discusiones y la vehemencia. El alma de la capitana se ha convertido en un mar de dudas tan oscuro y profundo como aquel en el que yace, y es tan mortal como este.
Todavía está mareada, aturdida por la claridad de la luna sobre las aguas. No es momento de pensar ahora, es necesario buscar la calma. Por eso cierra los ojos, pero se mantiene a flote. Esta vez tiene que aceptar que aunque se condenase a sí misma a yacer junto a su barco hundido, necesita más aire del que le gustaría reconocer.
A quienes encuentren mi barco hundido...
"Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae."
(Drácula)
(Drácula)
viernes, 16 de noviembre de 2012
martes, 16 de octubre de 2012
Observo: Allá vamos.
A los que hablamos sin pensar no nos queda más remedio que ser consecuentes con lo que decimos. No nos queda otra que aprender que somos presas de una impulsividad contra la que no podemos luchar. Tenemos claro lo que sentimos, lo que nos hace ser como somos aunque quizá pensamos que seríamos más felices si pudiésemos ser de otra forma. Pero perder el tiempo pensando en cómo podríamos ser es ridículo y hemos de aceptarnos como personas. No obstante, podemos aprender a ser mejores. Y lo primero es asumir que manifestamos unos sentimientos en consecuencia a los cuales obramos. Porque poco sentido tiene darse golpes de pecho, escupir todo un ideario con el que limpiarnos el orto después de los aplausos. Porque eso es incongruente e hipócrita, y aunque también habremos de asumir entre dientes nuestra propia hipocresía, no hay por qué resignarse a algo que no nos gusta y contra lo que, por fortuna, en muchos casos podemos lidiar. No en todos, pues las circunstancias a veces nos obligan a meternos nuestra sincera opinión en un bolsillo, ante unas consecuencias de nuestras acciones que serían muy negativas para nosotros. Pero hay momentos en los que podemos permitirnos ser sinceros, muchos más de los que acostumbramos a pensar. Hay mucho tiempo para decidirnos a decir algo que sabemos que será duro de encajar, pero que consideramos que hemos de decir. Y, como siempre, tenemos que evitar pensar en esos otros que se beneficiarán de nuestras palabras pero no dirán nada con su propia boca. Porque si hemos de pensar en alguien más allá de nosotros mismos, es en la persona a la que le vamos a decir esa cosa tan importante que no nos dejará dormir tranquilos si le hacemos el flaco favor de sonreír y callar, o dedicarle unas palabras sencillas. Esa persona que suele ser un ser querido al que bajo ningún concepto queremos herir o decepcionar. Esa persona a la que queremos ayudar a toda costa, aunque pueda no gustarle lo que tenemos que decirle. Esa persona que probablemente nos malinterprete y nos culpe, que quizá nos retire la palabra durante un tiempo y que seguramente nos dará una mala contestación, con más o menos efecto sobre nuestro corazón, dependiendo del tino que tenga al disparar.
Y, una vez más, asumo ese riesgo. Porque estoy cansada de ver cómo alguien a quien aprecio insiste en hacerse pedazos.
Y, una vez más, asumo ese riesgo. Porque estoy cansada de ver cómo alguien a quien aprecio insiste en hacerse pedazos.
viernes, 3 de agosto de 2012
Miro: Un año más.
(Imagen extraída de https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEheqT6sno4QTFi3XIAjjvQk3XdVGYPzqhsLhD4ljauac_NEwjfiPWSJGi1nglDrbci1QoNizLbeiPt0FQXHXd2OZ_SAkGDfM7seCZyEY0EUXtq2LsXlFRaiflklCbLc8ZDSpHPwe3Miibuu/s1600/IMGP9597.JPG, perteneciente a mi blog de fotografía "Lo que veo con ella")
Esta pequeña hija del verano cumplirá mañana un año más de existencia en este mundo. Por alguna razón que desconozco, paso las horas previas sumida en un estado reflexivo que a más de uno le parecería impropio de mí, siempre inquieta como la llama de una vela, consumiendo poco a poco la paciencia de quienes me rodean.
Cuando era pequeña, solía decir que cada año que cumplimos es un año menos para morir. Sin duda era una chiquilla muy alegre... No obstante, con el paso del tiempo voy viendo cada año cumplido como un año de experiencias, tanto buenas como malas, un año de risas, de lágrimas y de nuevas cosas que archivar en mi carpeta de cosas aprendidas.
En un año he creído perder a personas muy importantes para mí. No hubo despedidas y en cambio abundaron los orgullosos silencios, tanto por su parte como por la mía, capaces de sepultar tantos años de maravillosos recuerdos. En un primer momento da pena y rabia, pero cuando uno se resigna es cuando puede ver la situación en frío. Y, pasado un tiempo, nos damos cuenta de que puede que se perdieran muchas cosas... pero no todas. A veces las viejas amistades renacen, y no son las mismas, pero quién sabe si podrían llegar a serlo. Es algo que sólo el tiempo nos puede decir. Espero ir desarrollando algo más de paciencia con los años. Por ahora veo que las sonrisas siguen siendo las mismas a pesar de que todos vamos cambiando poco a poco.
Y es que todos vamos creciendo. Todos y cada uno de nosotros. Y deberíamos celebrar que así es :)
lunes, 2 de julio de 2012
Observo: Lo que me importa.
No me importa que tus padres te hayan dado por perdida y piensen que nada bueno puede salir de ti a estas alturas.
No me importa que ellos jamás valoren la ayuda que intento darte, porque no espero gratitud por parte de nadie. Esta no es una cruzada en busca de autorrealización ni ningún agradecimiento me va a reportar nada.
No me importa que otros me llamen tonta o piensen que pierdo el tiempo al sentarme contigo a intentar enseñarte las cosas que en su momento no aprendiste en el colegio, aquellas que no entendiste bien o las que eres incapaz de reconocer que te cuestan.
No me importa que te enfades cuando te obligo a rehacer las cosas que has hecho mal a propósito.
No me importa repetir las cosas o buscarme las mañas para hacerte comprender siempre y cuando sirva para algo.
No me importa que tengas mala letra o que te equivoques, sino que aprendas.
No me importa lo que tardemos. Lo único que me importa es intentar llegar a ti y ayudarte a mejorar, que tú sola seas capaz de hacer las cosas bien. Que no te expongas al maltrato de los otros chiquillos con tal de no estar sola. Que nadie sea capaz de quitarte la confianza en ti misma ni las ganas de hacerte mayor.
Porque me importa que sepas que estoy aquí para tratar de darte la fuerza que realmente vale, la que llevamos dentro, y que es más poderosa que la de nuestros puños.
Y no pienso abandonarte, no pienso darte por imposible hasta que haya perdido toda esperanza.
No me importa que ellos jamás valoren la ayuda que intento darte, porque no espero gratitud por parte de nadie. Esta no es una cruzada en busca de autorrealización ni ningún agradecimiento me va a reportar nada.
No me importa que otros me llamen tonta o piensen que pierdo el tiempo al sentarme contigo a intentar enseñarte las cosas que en su momento no aprendiste en el colegio, aquellas que no entendiste bien o las que eres incapaz de reconocer que te cuestan.
No me importa que te enfades cuando te obligo a rehacer las cosas que has hecho mal a propósito.
No me importa repetir las cosas o buscarme las mañas para hacerte comprender siempre y cuando sirva para algo.
No me importa que tengas mala letra o que te equivoques, sino que aprendas.
No me importa lo que tardemos. Lo único que me importa es intentar llegar a ti y ayudarte a mejorar, que tú sola seas capaz de hacer las cosas bien. Que no te expongas al maltrato de los otros chiquillos con tal de no estar sola. Que nadie sea capaz de quitarte la confianza en ti misma ni las ganas de hacerte mayor.
Porque me importa que sepas que estoy aquí para tratar de darte la fuerza que realmente vale, la que llevamos dentro, y que es más poderosa que la de nuestros puños.
Y no pienso abandonarte, no pienso darte por imposible hasta que haya perdido toda esperanza.
martes, 26 de junio de 2012
Miro: De perros y lealtades.
Hace ya unos cuantos años, cuando todavía era una niña,
acompañé a una amiga de aquel entonces a los baños del colegio. Dos chiquillas
enormes se encararon con ella y nos impidieron el paso. A ella porque, según decían, parecía un chico; a mí porque, al salir en su defensa, me llamaron perro
guardián. Obviamente no tenía posibilidades contra ellas si decidían pasar a
las manos, pero no era algo que me preocupara, así que le abrí paso y las dos
grandullonas nos miraron atónitas, sin tomar represalias. Tal vez no se lo
esperaban. Tal vez hablaban demasiado y hacían muy poco.
A lo largo de mi infancia conocí a muchos niños y niñas cuyo
buen trato me sorprendía y me agradaba, y por ello procuraba mantenerme a su
lado y defenderles en todo momento. Trataba de mostrar mi gratitud por
concederme su amistad, aquel preciado tesoro que tanto me costaba encontrar y
que rápidamente se esfumaba entre mis dedos, pues a menudo los niños y los no
tan niños se desechan a quien tan diferente parece. Nunca he sido azul, pero
tampoco era muy divertida, o no me gustaba jugar a las princesas, o simplemente
decía que algo me parecía mal cuando así era, y parece ser que esto siempre ha
sido, es y será motivo suficiente para recibir rechazo.
No obstante, con los años he aprendido que las personas vienen
y van, pero que yo tengo que vivir conmigo misma. Por ello he preferido
mantenerme fiel a mis convicciones, ateniéndome a las consecuencias que esto
tiene. Es algo que a veces me hace sentir un poco sola, pero que a la vez me
hace pensar que quien verdaderamente me aprecia, lo hace por todo lo que soy y
por lo que pienso, sin que tenga que adaptar mis opiniones para encajar en
ninguna parte. Y no siempre es fácil aceptarlo, o me pregunto cómo sería mi
vida si yo hubiese sido de otra forma. Pero, ¿sabéis? No es algo que haga a
menudo. No le veo mucho sentido a pasar el tiempo haciéndome preguntas
hipotéticas sobre lo que hubiera podido ser. Lo que cuenta es lo que soy.
Sin embargo, a veces me digo a mí misma que desde luego las
cosas serían más fáciles teniendo otro tipo de mentalidad. Esta idea me viene a
la cabeza en especial cuando me encuentro en una conversación en la que
pronuncio la palabra lealtad con absoluto convencimiento y como respuesta me
encuentro con risas. No es algo que me sorprenda en absoluto, pero cuando me
encuentro con afirmaciones tales como “la lealtad es para los perros”, “son los
perros los que tienen que ser leales a su amo”, “es que oigo lealtad y pienso
en caballeros andantes”, es cuando me doy cuenta de que hay cosas que nunca
cambian. Pienso en los niños que se prometían amistad eterna y se humillaban al
día siguiente y en quienes, a pesar de haber dejado de ser niños hace tiempo,
siguen haciéndolo. Pienso en la cantidad de personas a las que tanto les cuesta
delatarse para defender a alguien a quien aprecian. En quienes no toman partido
en una situación para no ser marginados por el resto. Sé que son cosas que
resulta difícil hacer en según qué momentos de la vida, que no todo es tan
sencillo como cuando éramos pequeños... pero hay ocasiones en las que tenemos
que elegir, en las que no podemos tener el beneplácito de todos los que nos
rodean.
A veces hemos de valorar realmente lo que tenemos y decidir al lado de
quién tenemos que permanecer. A veces tenemos que arriesgarnos a perder a
alguien, o a quedarnos solos. Y no, nunca es fácil ni agradable. Ni nos van a
recordar por ello como personas valientes. Lo que piensen los demás es lo que
menos habría de importarnos, precisamente, aunque está visto que esta no es la
opinión más extendida. A veces tenemos que hacer cosas por nosotros mismos o por otras personas que no nos gustan, y es una cuestión de lealtad. Porque la lealtad no es
sólo algo propio de los perros, lo que pasa es que muchos parecen haberlo
olvidado.
jueves, 7 de junio de 2012
Observo: No más bilis.
Hoy me apetece compartir con vosotros algo de lo que me di cuenta hace poco tiempo. Supongo que es algo que muchos de vosotros ya sabíais desde hace bastante más, pero no me caracterizo por ser una persona de mente ágil y ya sabéis lo que dicen: ¡más vale tarde que nunca!
Soy bastante gruñona, y en un mundo en el que la corrupción está a la orden del día y en el que presenciamos tantas injusticias y tan diversas en todos los ámbitos de la vida, os podéis imaginar que mi rutina consiste en tomarme todo como más argumentos con los que alimentar el fuego de mi desencanto con la humanidad. En otras palabras, al final no soy más que una de tantos que viven echando bilis por la boca. Es una actitud bastante extendida, probablemente no tanto como la indiferencia, pero tampoco es que cueste mucho mantener esta conducta.
Bueno, pues hace tan sólo un par de meses me dije a mí misma que no podía seguir así. Tengo claro que, por mi forma de ser, nunca seré capaz de desentenderme de los problemas. Y es que, por suerte o por desgracia, me importan las personas. La fuente de mi aparente odio hacia la humanidad, de mi pensamiento negativo sobre nuestra propia naturaleza, está en el daño que nos hacemos unos y otros. Está en mi falta de identificación con unos anti-valores como la hipocresía, el egoísmo o la indiferencia. Estamos hechos para sobrevivir a cualquier precio, pero olvidamos el hecho de convivir.
Tengo claro que me seguiré indignando, que seguiré contestando al que defienda sus frívolas opiniones entre risas al igual que yo puedo luchar por las mías. Pero ya está bien de encerrarme en mi oscuro rincón de malos sentimientos. Lo que me ayuda a canalizarlo todo es intentar ayudar. Intentar hacer algo positivo. Algo tan simple como escuchar a alguien o darle tu mejor sonrisa (aunque en ocasiones te cueste sonreír) puede hacerle mucho bien a alguien. Y pensar en las excepciones, en esas personas que se merecen lo mejor y tratar de hacer algo bueno por ellas es lo que me ayuda a vivir y a ver el mundo de otra forma. No se trata de evitar esa rabia que me abrasa el pecho, sino de sacar partido de ella en lugar de permitir que me queme completamente.
Sí, seguro que muchos ya lo sabíais desde hace tiempo y ahora os estaréis riendo de mí, que parezco tan ilusionada como si hubiese descubierto América. Pero insisto: más vale tarde que nunca. Tal vez esta revelación me ha llegado justamente cuando debía ser.
viernes, 11 de mayo de 2012
Miro: "Cien veces."
Un día cualquiera, saliendo de una enorme estación de tren,
pensé en cuánto me recordaba el ambiente de allí a la propia vida. El constante
ir y venir de las personas, tengan la edad que tengan. Caminan apresuradas,
mirando el reloj, esquivando a quienes vienen en dirección contraria. Subiendo y
bajando escaleras con más o menos esfuerzo. Corriendo para no perder los trenes
o esperándolos con desánimo. Hablando, hablando de mil cosas. A veces, un
pequeño tropezón o el hecho de preguntarle a alguien la hora supone el inicio
de una conversación con quien hasta entonces era un extraño. Se producen
encuentros, a veces agradables y a veces no tanto, con viejos conocidos. Tienen
lugar despedidas y recibimientos. La vida sigue su curso día a día, en los
andenes, en los bancos, en las entradas y en las salidas.
La metáfora de la estación y la vida se me había ocurrido en
otras ocasiones, como supongo que les ha pasado a muchas personas. Pero hasta
ese día no me di cuenta de lo cierta que era. Tal vez había llegado el momento
de aceptar que es posible y, por desgracia, más común de lo que se piensa, que
se quiebren de la noche a la mañana amistades que han tardado años en forjarse.
Amistades que uno piensa que son sinceras y que pueden durar toda la vida, pero
que un día se vienen abajo y se descubre que tras ellas había cientos de
rencores de los que ni siquiera se tenía noticia. Y, aunque la reacción más
sencilla y predecible es sentirse contrariado, enfadarse y tener ganas de
gritar… por injusto que nos parezca, no se puede hacer otra cosa que
asimilarlo. No hay por qué olvidar todos los momentos bellos que nos rodearon,
no hay por qué detestar a la persona con la que crecimos ni destruir todo lo
bueno que hizo por nosotros. Sólo podemos aceptar que esa persona ha decidido
no seguir caminando a nuestro lado y partir hacia el siguiente tren. Habrá
nuevos recuerdos en otro momento, con otras personas, pero los habrá.
Y en nuestros viajes, seguimos encontrando gente. Hay
personas que a veces aparecen en nuestras vidas durante un corto período de
tiempo, pero siembran en nosotros una semilla que crece un poco cada día, y que
allí se queda durante meses, años o incluso hasta el fin de nuestras vidas. Tal
vez no volvamos a saber nada de aquellos que nos dirigieron una mirada, una
palabra o una lección, o tal vez sí. Lo asombroso es que en una estancia tan
corta hayan sido capaces de enseñarnos tanto. Por ejemplo, hace algunos años me
reencontré con un conocido con el que hasta entonces no había tenido
oportunidad de conversar demasiado, pero en aquella ocasión mantuvimos una
interesante charla sobre cómo habíamos cambiado a lo largo del tiempo. Entonces
me dijo:
“He descubierto que la amabilidad abre muchas puertas”.
Y hoy sonrío cuando recuerdo sus palabras, porque pienso en
la razón que tenía. Crezco con su enseñanza, con las de todos los que han
pasado y pasan por mi vida cada día. Sigo mi camino de acuerdo a mi conciencia,
esa vieja compañera que tantos quebraderos de cabeza me trae pero que de vez en
cuando me hace reír cuando me doy cuenta de que, aunque cada vez se me da un
poquito mejor tratar a los demás, sigo siendo igual de testaruda que siempre.
“Cien veces caído, cien veces me levanté;
no dudo en continuar sin mirar atrás.
Cien veces maldito, cien veces por caminar;
siguiendo mi camino y el de nadie más.”
(Avalanch – Cien veces)
no dudo en continuar sin mirar atrás.
Cien veces maldito, cien veces por caminar;
siguiendo mi camino y el de nadie más.”
(Avalanch – Cien veces)
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