A quienes encuentren mi barco hundido...

"Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae."
(Drácula)

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martes, 9 de julio de 2013

Miro: Evolución.

Cuando pienso en este blog, en este barco mío, pienso en esos inicios suyos que se me antojan tan lejanos. Esos inicios en los que con tantas ganas lo cogí, y tanto ajetreo tuve para actualizarlo siguiendo una férrea estructura en la que ya no tenía tan claro si encontrarían cabida los temas de los que se me ocurría hablar; con el tiempo hubo que pulir eso, y así sucedió que de vez en cuando hablaba de cosas muy dispares, o simplemente actualizaba por el placer de escribir aunque no se me ocurriese nada interesante de lo que hablar. Ay, mi amada nave hundida… que ha vivido momentos de actualizaciones casi diarias y otros de abandono casi absoluto, ya fuese por falta de creatividad, de tiempo o de ganas. Y, por supuesto, también ha vivido el cambio de la capitana, ha asistido a mi paulatina evolución, esa que a veces parece insuficiente, pero quizá no es que no avance, sino que mis pasos son pequeños.

A medida que leo mis antiguas entradas, veo más claro ese afán que tenía en denunciar lo que me parecía injusto, en pregonar a los cuatro vientos mi idealismo. Esa rabia hacia lo que me parecía imperdonable, ese dedo acusador, ese credo lucido con tanto orgullo. Cuánta insistencia tenía en dejar claro lo que pensaba, como si le tuviese que importar al mundo y como si fuese una opinión digna de ser convertida en ley. En el fondo me hace gracia comprobar que no he cambiado tantísimo, porque mi rabia y mis principios siguen conmigo y, sinceramente, espero que me sigan acompañando hasta el fin de mis días. Puede que no sirvan de mucho, que resulten ser un lastre en este mundo en el que nos queda claro que sólo la falta de escrúpulos triunfa y perdura, pero cuando uno es como es y lo ha aceptado, no le queda otra que apechugar con ello y seguir por su camino hasta el final, por muchos obstáculos que encuentre. Y nos quejaremos de lo escarpado del terreno, creeremos desear ser de otra forma, pero seguiremos siendo nosotros mismos.

Pero si en algo he cambiado es en que ya no me voy dando cabezazos con todo y con todos. Tengo mi opinión, escucho otras y, si me apetece, debato. Pero ya no es una necesidad imperante llevar la razón; quizá porque teniendo en cuenta de quienes nos rodeamos, es más fácil que nos la den para evitar conflictos. En otras palabras: que te den la razón no significa que la lleves. Muchos factores entran en juego, entre otros la falta de interés o el cansancio por haber escuchado durante un tiempo casi contraproducente a alguien cuyos argumentos nos parecen pesados. 

Hablando de cosas que no cambian, mi profunda decepción con la naturaleza humana sigue su curso y en los últimos años ha ido cosechando más motivos para mantenerse tan firme como mi cabezonería crónica. Y es lo peor que se puede hacer, darme la posibilidad de justificar una misantropía infecciosa que se extiende a gran parte de la población a día de hoy gracias a la maravillosa situación social que vivimos a escala mundial. ¡Oh! ¿La capitana tirando de ironía? Nada más lejos de la realidad. Si hablamos de cultivar la desconfianza en el ser humano, los acontecimientos políticos, económicos y sociales actuales le son altamente beneficiosos.

No obstante, voy a lanzar un pequeño rayito de esperanza sobre mi habitual desconfianza en mi propia raza, y es que mi creencia en las excepciones, o dicho de otro modo, personas que merecen la pena, también se ha afianzado. Y para mí es simplemente precioso comprobar que esa bondad natural en la que perdí la fe demasiado pronto, existe. Sólo tengo que mirar a mi alrededor para ver seres humanos extraordinarios, de los que me arrancan una sonrisa que me dura todo el día y hacia los que sólo puedo profesar respeto, admiración y un profundo cariño. Muchos de ellos, por cierto, practican un saludable optimismo, o al menos gozan de una envidiable ingenuidad. No hablo de ingenuidad como algo malo, sino de una ingenuidad dulce y sana, de esa que te permite creer en la nobleza de los demás sin necesidad de pruebas. De esa ingenuidad que no me importaría tener.

Creo que con el tiempo mi hostilidad se ha relajado, pero no por ello soy más piadosa. Soy más seria, y a la vez, más alegre. Soy más hosca, pero todo sigue siendo una cuestión de formas toscas o inapropiadas y, en el fondo, me falta maldad. En definitiva, aprecio una evolución, por paulatina que sea. Pero es una evolución y no un cambio radical, porque sigo teniendo las mismas malas costumbres que quedaron patentes en su momento. Véase, por ejemplo, la de actualizar poco; véase también la de contar algo como si al mundo le importase. Y véase, por supuesto, la de escribir, porque es lo que espero hacer toda la vida.


El que quiera entender que entienda y el que quiera leer que lea. Y buena tarde a todos.

jueves, 28 de febrero de 2013

Miro: "Sólo sabe ser ella misma."

Cuando eres adolescente, la soledad parece pesar más a tus espaldas de lo que realmente supone. De ahí que se hagan tantas tonterías para no estar solo, para no ser la oveja negra del grupo, para sentirse más integrado y asegurarse la plena aceptación de las personas que conforman el entorno social. Destacar en un grupo del que aspiramos a formar parte puede conllevar rechazo y por ello es preferible evitar situaciones en las que uno tenga que pronunciarse, enfrentándose en ocasiones a sus compañeros. Y es que defender las propias convicciones puede generar que nos quedemos solos.

Al mirar atrás y recordar mi adolescencia e incluso mi infancia, me encuentro con la historia de alguien que casi siempre obró de forma coherente con su forma de pensar. Digo casi siempre porque en alguna ocasión sí probé a actuar "como el resto" para no sentirme excluida, y aquello nunca me dejó buen sabor de boca: por esto decidí ser consecuente con los valores que yo tenía y que alegremente pregonaba, pues me sentía muy orgullosa de ellos. No lo digo ahora como si estuviese hablando de mí misma como una persona con un actitud admirable. De hecho, no me considero un modelo de conducta; pero sí puedo sentirme satisfecha con la manera de actuar que he tenido en una edad difícil, una edad en la que el mundo parece un lugar radicalmente distinto al que percibes cuando vas siendo consciente de que los años no sólo se notan en el carnet de identidad. 

Defender nuestra forma de pensar, decir "no" cuando insisten en que digamos "sí", mantenernos firmes con nuestras creencias o actitudes cuando un grupo tira de nosotros y pretende que asimilemos la conducta de los individuos que lo componen y malmete contra nosotros como castigo a lo que interpreta como una rebeldía injustificada y problemática... A veces, esto plantea situaciones difíciles. La amenaza de la exclusión, el constante miedo a quedarnos solos, el sentimiento de que nadie nos comprende ni nos aceptará porque nos negamos a seguir aquello que no compartimos, por mucho que nos esforcemos en entenderlo. He perdido la cuenta de todas las veces que me sentí decepcionada, dolida y rabiosa con la juventud que me rodeaba, como mis amigos, por ejemplo, habrán perdido también la cuenta de todas las discusiones que hemos protagonizado, de todos los motivos que yo encontraba para plantarme frente a ellos y expresar mis pensamientos de forma vehemente y poco razonable en muchas ocasiones. Porque cuando recurres a los gritos y a las descalificaciones, cuando incurres en el error de pensar que tus argumentos son verdades universales que merecen ser impuestas, te quitas la razón a ti mismo. Es algo en lo que todos caemos inevitablemente en alguna ocasión, pero que no por ello ha de ser excusado y practicado: se trata siempre de algo mejorable. De hecho, conforme pasa el tiempo, disfruto de la buena sensación que deja ser capaz de decir lo que piensas de forma contundente y razonable a partes iguales.

Sentirse diferente no es fácil, pero seguir adelante siendo consciente de lo que nos hace diferentes es una decisión también complicada. Arriesgamos muchas cosas cuando tomamos ese camino y nos exponemos al rechazo de quienes nos rodean. Es algo que nos pasará toda la vida en muchos ámbitos de la misma, pero he querido enfocarlo a la adolescencia porque ahora veo crecer a pequeños seres muy queridos que afrontan edades convulsas en un mundo aún más inestable. Criaturitas que crecen deprisa y, en algunos casos, se sienten solas e incomprendidas cuando ven como sus compañeros les retiran su apoyo por manifestar opiniones o actitudes diferentes. 

Sólo espero que algún día puedan, como yo, darse cuenta de que ser una persona consecuente con sus convicciones conlleva ciertos riesgos, pero cada uno es como es y lo importante es poder sentirnos bien con nosotros mismos. Además, cuando creces un poco ves que no todo es blanco ni negro, sino que hay muchos tonos de gris que antes eras incapaz de advertir. Muchas veces somos nosotros quienes construimos a nuestro alrededor una muralla y nos encerramos en nuestra propia prisión de soledad, en la diferencia con la que nos empeñamos en estigmatizarnos. Pero no estamos tan solos como a veces parecemos querer creer. Siempre habrá personas que nos valoren tal y como somos, y todas las cosas que antes se planteaban como obstáculos insalvables entre ellas y nosotros, se diluyen progresivamente. Porque "un amigo es el que lo sabe todo sobre ti y sigue siendo tu amigo", que dijo en su momento Kurt Cobain, personaje musical convertido en icono, que nos dejó canciones, máximas y motivos para que unos y otros se tiren trastos a la cabeza defendiendo su idolatría o su repulsa por él. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.

"Sólo sabe ser ella misma, cosa de la que me alegro."
Sí: estas son las cosas que sí me hacen hincharme de orgullo.

viernes, 3 de agosto de 2012

Miro: Un año más.

(Imagen extraída de https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEheqT6sno4QTFi3XIAjjvQk3XdVGYPzqhsLhD4ljauac_NEwjfiPWSJGi1nglDrbci1QoNizLbeiPt0FQXHXd2OZ_SAkGDfM7seCZyEY0EUXtq2LsXlFRaiflklCbLc8ZDSpHPwe3Miibuu/s1600/IMGP9597.JPG, perteneciente a mi blog de fotografía "Lo que veo con ella")

Esta pequeña hija del verano cumplirá mañana un año más de existencia en este mundo. Por alguna razón que desconozco, paso las horas previas sumida en un estado reflexivo que a más de uno le parecería impropio de mí, siempre inquieta como la llama de una vela, consumiendo poco a poco la paciencia de quienes me rodean.

Cuando era pequeña, solía decir que cada año que cumplimos es un año menos para morir. Sin duda era una chiquilla muy alegre... No obstante, con el paso del tiempo voy viendo cada año cumplido como un año de experiencias, tanto buenas como malas, un año de risas, de lágrimas y de nuevas cosas que archivar en mi carpeta de cosas aprendidas.

En un año he creído perder a personas muy importantes para mí. No hubo despedidas y en cambio abundaron los orgullosos silencios, tanto por su parte como por la mía, capaces de sepultar tantos años de maravillosos recuerdos. En un primer momento da pena y rabia, pero cuando uno se resigna es cuando puede ver la situación en frío. Y, pasado un tiempo, nos damos cuenta de que puede que se perdieran muchas cosas... pero no todas. A veces las viejas amistades renacen, y no son las mismas, pero quién sabe si podrían llegar a serlo. Es algo que sólo el tiempo nos puede decir. Espero ir desarrollando algo más de paciencia con los años. Por ahora veo que las sonrisas siguen siendo las mismas a pesar de que todos vamos cambiando poco a poco.

Y es que todos vamos creciendo. Todos y cada uno de nosotros. Y deberíamos celebrar que así es :)

martes, 26 de junio de 2012

Miro: De perros y lealtades.


Hace ya unos cuantos años, cuando todavía era una niña, acompañé a una amiga de aquel entonces a los baños del colegio. Dos chiquillas enormes se encararon con ella y nos impidieron el paso. A ella porque, según decían, parecía un chico; a mí porque, al salir en su defensa, me llamaron perro guardián. Obviamente no tenía posibilidades contra ellas si decidían pasar a las manos, pero no era algo que me preocupara, así que le abrí paso y las dos grandullonas nos miraron atónitas, sin tomar represalias. Tal vez no se lo esperaban. Tal vez hablaban demasiado y hacían muy poco.

A lo largo de mi infancia conocí a muchos niños y niñas cuyo buen trato me sorprendía y me agradaba, y por ello procuraba mantenerme a su lado y defenderles en todo momento. Trataba de mostrar mi gratitud por concederme su amistad, aquel preciado tesoro que tanto me costaba encontrar y que rápidamente se esfumaba entre mis dedos, pues a menudo los niños y los no tan niños se desechan a quien tan diferente parece. Nunca he sido azul, pero tampoco era muy divertida, o no me gustaba jugar a las princesas, o simplemente decía que algo me parecía mal cuando así era, y parece ser que esto siempre ha sido, es y será motivo suficiente para recibir rechazo.

No obstante, con los años he aprendido que las personas vienen y van, pero que yo tengo que vivir conmigo misma. Por ello he preferido mantenerme fiel a mis convicciones, ateniéndome a las consecuencias que esto tiene. Es algo que a veces me hace sentir un poco sola, pero que a la vez me hace pensar que quien verdaderamente me aprecia, lo hace por todo lo que soy y por lo que pienso, sin que tenga que adaptar mis opiniones para encajar en ninguna parte. Y no siempre es fácil aceptarlo, o me pregunto cómo sería mi vida si yo hubiese sido de otra forma. Pero, ¿sabéis? No es algo que haga a menudo. No le veo mucho sentido a pasar el tiempo haciéndome preguntas hipotéticas sobre lo que hubiera podido ser. Lo que cuenta es lo que soy.

Sin embargo, a veces me digo a mí misma que desde luego las cosas serían más fáciles teniendo otro tipo de mentalidad. Esta idea me viene a la cabeza en especial cuando me encuentro en una conversación en la que pronuncio la palabra lealtad con absoluto convencimiento y como respuesta me encuentro con risas. No es algo que me sorprenda en absoluto, pero cuando me encuentro con afirmaciones tales como “la lealtad es para los perros”, “son los perros los que tienen que ser leales a su amo”, “es que oigo lealtad y pienso en caballeros andantes”, es cuando me doy cuenta de que hay cosas que nunca cambian. Pienso en los niños que se prometían amistad eterna y se humillaban al día siguiente y en quienes, a pesar de haber dejado de ser niños hace tiempo, siguen haciéndolo. Pienso en la cantidad de personas a las que tanto les cuesta delatarse para defender a alguien a quien aprecian. En quienes no toman partido en una situación para no ser marginados por el resto. Sé que son cosas que resulta difícil hacer en según qué momentos de la vida, que no todo es tan sencillo como cuando éramos pequeños... pero hay ocasiones en las que tenemos que elegir, en las que no podemos tener el beneplácito de todos los que nos rodean. 

A veces hemos de valorar realmente lo que tenemos y decidir al lado de quién tenemos que permanecer. A veces tenemos que arriesgarnos a perder a alguien, o a quedarnos solos. Y no, nunca es fácil ni agradable. Ni nos van a recordar por ello como personas valientes. Lo que piensen los demás es lo que menos habría de importarnos, precisamente, aunque está visto que esta no es la opinión más extendida. A veces tenemos que hacer cosas por nosotros mismos o por otras personas que no nos gustan, y es una cuestión de lealtad. Porque la lealtad no es sólo algo propio de los perros, lo que pasa es que muchos parecen haberlo olvidado.

viernes, 11 de mayo de 2012

Miro: "Cien veces."

Un día cualquiera, saliendo de una enorme estación de tren, pensé en cuánto me recordaba el ambiente de allí a la propia vida. El constante ir y venir de las personas, tengan la edad que tengan. Caminan apresuradas, mirando el reloj, esquivando a quienes vienen en dirección contraria. Subiendo y bajando escaleras con más o menos esfuerzo. Corriendo para no perder los trenes o esperándolos con desánimo. Hablando, hablando de mil cosas. A veces, un pequeño tropezón o el hecho de preguntarle a alguien la hora supone el inicio de una conversación con quien hasta entonces era un extraño. Se producen encuentros, a veces agradables y a veces no tanto, con viejos conocidos. Tienen lugar despedidas y recibimientos. La vida sigue su curso día a día, en los andenes, en los bancos, en las entradas y en las salidas.

La metáfora de la estación y la vida se me había ocurrido en otras ocasiones, como supongo que les ha pasado a muchas personas. Pero hasta ese día no me di cuenta de lo cierta que era. Tal vez había llegado el momento de aceptar que es posible y, por desgracia, más común de lo que se piensa, que se quiebren de la noche a la mañana amistades que han tardado años en forjarse. Amistades que uno piensa que son sinceras y que pueden durar toda la vida, pero que un día se vienen abajo y se descubre que tras ellas había cientos de rencores de los que ni siquiera se tenía noticia. Y, aunque la reacción más sencilla y predecible es sentirse contrariado, enfadarse y tener ganas de gritar… por injusto que nos parezca, no se puede hacer otra cosa que asimilarlo. No hay por qué olvidar todos los momentos bellos que nos rodearon, no hay por qué detestar a la persona con la que crecimos ni destruir todo lo bueno que hizo por nosotros. Sólo podemos aceptar que esa persona ha decidido no seguir caminando a nuestro lado y partir hacia el siguiente tren. Habrá nuevos recuerdos en otro momento, con otras personas, pero los habrá.

Y en nuestros viajes, seguimos encontrando gente. Hay personas que a veces aparecen en nuestras vidas durante un corto período de tiempo, pero siembran en nosotros una semilla que crece un poco cada día, y que allí se queda durante meses, años o incluso hasta el fin de nuestras vidas. Tal vez no volvamos a saber nada de aquellos que nos dirigieron una mirada, una palabra o una lección, o tal vez sí. Lo asombroso es que en una estancia tan corta hayan sido capaces de enseñarnos tanto. Por ejemplo, hace algunos años me reencontré con un conocido con el que hasta entonces no había tenido oportunidad de conversar demasiado, pero en aquella ocasión mantuvimos una interesante charla sobre cómo habíamos cambiado a lo largo del tiempo. Entonces me dijo:

“He descubierto que la amabilidad abre muchas puertas”.

Y hoy sonrío cuando recuerdo sus palabras, porque pienso en la razón que tenía. Crezco con su enseñanza, con las de todos los que han pasado y pasan por mi vida cada día. Sigo mi camino de acuerdo a mi conciencia, esa vieja compañera que tantos quebraderos de cabeza me trae pero que de vez en cuando me hace reír cuando me doy cuenta de que, aunque cada vez se me da un poquito mejor tratar a los demás, sigo siendo igual de testaruda que siempre.


“Cien veces caído, cien veces me levanté;
no dudo en continuar sin mirar atrás.
Cien veces maldito, cien veces por caminar;
siguiendo mi camino y el de nadie más.”
(Avalanch – Cien veces)

jueves, 1 de marzo de 2012

Observo: Tiempo (de sol).

(Foto tomada por mí, disculpen la mala calidad)


Las tres de la tarde. Un sol de justicia y un poderoso silencio. La quietud se apodera del parque a pesar de cada vez son más los que caminan, acompañados o en solitario, deseosos de disfrutar de este adelanto de la primavera. Servidora no podía ser menos, pues cuando una tiene tiempo hasta para malgastarlo y se le presenta esta oportunidad para pasear bajo tan alegre cielo, dudarlo es casi un crimen. 

Y miro. Miro las tranquilas aguas del lago y a la chica que lo contempla sentada en el suelo mientras una brisa pequeña y dulce mece sus rizos negros. Miro a la pareja de edad avanzada que ríe sentada a la sombra de los árboles. Miro al hombre que con dificultad se agacha a recoger la pelota que le trae su perro. Miro a los dos niños que leen sentados en un banco y a las madres que corren sonrientes tras sus hijos en la zona de los columpios. Miro las nubes blancas y esponjosas que tan quietas se han quedado. Miro el cielo infinito y azul y doy gracias por este buen tiempo que tanto me anima, que consigue arrancarme más de una sonrisa.

Disfrutemos de nuestro tiempo.

P.D.- Y… ¿Sabéis que es lo único que no miro? ¡El reloj!

viernes, 13 de enero de 2012

Miro: Imperdonable.

(Imagen extraída de: http://img.irtve.es/imagenes/carcano-condenado-20-anos-asesinar-marta-del-castillo/1326456715533.jpg)



Hoy he oído la sentencia final para el caso Marta del Castillo, un caso que nos tiene en vilo desde 2009, cuando una joven desapareció y poco a poco las noticias fueron confirmando que ya no volvería y que su cadáver no aparecía por ninguna parte porque los autores del crimen se rieron de la Justicia española.  Una Justicia imperfecta y, además, penosa, pues finalmente se ha declarado culpable del asesinato en sí a un joven que sólo pasará 20 años en prisión.

Sólo 20 años para el supuesto autor material de un crimen brutal, para quien ha privado de su vida a una joven cuya familia no tendrá paz nunca, que ni siquiera podrá darle un funeral digno a una persona contra la que se cometió el peor de los robos: el de la vida.

Sólo 20 años para un tipo repugnante cuyos colaboradores, tan vomitivos como él, se van a ir de rositas mientras una familia que clama justicia se queda sin nada. Porque ni la mayor de las condenas les devolvería a Marta, pero qué menos que encerrar a una panda de errores de la naturaleza de por vida y dejar que enloquecieran, se pudrieran y murieran atormentados entre rejas. Eso sería Justicia: asegurarse de que personas capaces de hacer tantísimo daño no volvieran a ver la luz del día más allá de los barrotes de sus celdas.

Por supuesto que podría ser más drástica y privar a tales engendros de un juicio justo, porque en mi opinión, no todos los seres humanos lo merecen. Hay delitos tan abominables para mí que el hecho de juzgar a quienes los perpetran me parece una ofensa para el resto de sus congéneres. Porque hacer tantísimo daño y burlarse del dolor ajeno no tiene ni tendrá nunca perdón.

Pero este es el sucedáneo de Justicia que nos ofrece nuestro país. Un sucedáneo que incita a tantos a dar a los malvados, porque no tienen otro nombre, el castigo ejemplar que jamás les darán los tribunales. Así oímos noticias sobre madres que prenden fuego a los asesinos de sus hijas, que se paseaban alegremente por la calle hasta que se toparon con una mujer devorada por el dolor.

domingo, 19 de junio de 2011

Observo: X-Men, First Class.

(Imagen extraída de: http://www.fofi18.es/SOFIA/FORUM/xmen_tm5.jpg)

Sin duda los X-Men son mis superhéroes favoritos. Me he criado viendo la serie animada, leyendo sus cómics, jugando a ser Pícara ya que no me dejaban pedirme a Lobezno, estrenando mi primer ordenador para jugar al X-Men: Children Of The Atom, soñando con ellos, dibujándolos, inventando historias... ansiaba verlos en la gran pantalla, ver a un Lobezno bajito, feo y con malas pulgas discutiendo con un Cíclope maduro y serio mientras Rondador Nocturno pedía un poco de calma y se teletransportaba de un lado a otro dejando una nubecilla morada con olor azufre. Pensaba en Pícara gruñendo y volando con el puño en alto mientras Gámbito le gritaba: "¡pelirroja!" durante una partida de póker. Imaginaba a la Bestia colocándose las gafitas negras durante una conversación con el buenazo de Coloso, amenizada por la presencia de las geniales Tormenta y Gatasombra. El Profesor Xavier y Magneto debatían sin llegar a acuerdo jamás. Y luego estaban Mariposa Mental, Longshot, Dazzler, Forja, el Ángel, Fuego Solar, el Hombre de Hielo, Fénix, Mística, Mole, Avalancha, Kaos, Dientes de Sable, Espiral, Emma Frost, Banshee y otros tantos personajes que harían al menos una pequeña aparición. Lo importante era que salieran todos.

Entonces apareció la primera película. El inicio me estremeció, cuando un jovencísimo Erik Magnus Lensherr lograba mover la valla metálica que le separaba de su madre. Pero lo que siguió a esa escena me pareció una auténtica decepción. Un Lobezno sex symbol, un Cíclope que ni pincha ni corta, una Pícara tonta e infantil, un penoso Dientes de Sable y una Jean Grey sorprendentemente parecida a como la imaginaba, pero sólo a nivel físico. En definitiva, una película para olvidar, de no ser por la perfecta Mística. La continuación me contentó algo más, quizá porque tenía más acción o por la breve aparición de Coloso, y Hugh Jackman comenzaba a caerme simpático. Pero entonces llegó la tercera película, un enorme What if con despliegue de efectos especiales y gran destrozo de los personajes. ¿Dónde está la masculina Calisto? ¿Y el enfrentamiento entre Juggernaut y Xavier? Por no mencionar las expectativas que nos generaron con el Ángel para que éste apenas aparezca.

Y cuando pensaba que las adaptaciones de cómic no podían decepcionarme más (Daredevil aparte... de esa mejor ni hablar), llegó Lobezno. Por fin había aceptado a Hugh Jackman, pero la película no servía ni para vender. Un bodrio de la Fox mareante, sin sentido y por el que compadeceré eternamente a Masacre; vaya forma de tomar el nombre de un personaje para hacer lo que le dé a uno la gana. ¿Desde cuándo demonios Lobezno y Dientes de Sable son hermanos? ¿Qué forma es esa de destrozar la historia con Silver Fox? Sin duda una de las peores cosas que he visto jamás.

Habia perdido toda esperanza de ver una buena película de mis superhéroes favoritos. Comprendo que no adapten tal cual una trama de cómic, pero que respeten a los personajes y enlacen historias es lo único que pido. Y por fin he visto algo muy parecido a lo que quería: X-men First Class. Una buena película que cuenta una historia llena de referencias a cómics que más de uno recuerda. Podemos ver a la Bestia antes de ser azul, compender mejor a Mística, deleitarnos con el misterioso Azazel, alucinar con la sexy y pérfida Emma Frost, ver a un curioso Sebastian Shaw y disfrutar, sobre todo disfrutar de la amistad entre Xavier y Magneto. Especialmente este último, interpretado por Michael Fassbender, me ha dejado con la boca abierta. Nada como ver forjarse a uno de los mejores supervillanos jamás creados, si bien no puedo considerarle malo. Un personaje muy bien desarrollado, con escenas espectaculares que no hacían sino recordarme por qué siempre le he admirado tanto.

Mientras veía la película recordaba esa sensación de estar viviendo una aventura a través de las viñetas de un cómic, volvía a sentirme como hace ya unos cuantos años, mientras devoraba historias tirada en la cama en verano, sufriendo por los personajes cuando estaban en apuros, celebrando sus logros, conociéndoles número tras número y llegando al final del cómic para comprobar que si quería conocer el final tendría que esperar unas cuantas semanas hasta la siguiente publicación. Y que una película te haga rememorar todo eso es maravilloso.

viernes, 27 de mayo de 2011

Miro (parte 17): Yo iba a escribir otra cosa


(Imagen extraída de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiXWTM_290JFzPfQzClBS1BiBSt8nn7pNzpnhSoKfRcojPZA3YIkJqyeiBcsZAemUGuMvPkDRLFpw2QHEyazUWJebTyebWKyEM75rmy67pRU8GR43db4d7c3P1AUWTU2zkLq7xboZOclFz2/s1600/pu%C3%B1o+en+alto.jpg)

Yo iba a escribir otra cosa. Iba a escribir sobre el Lunes 23 de Mayo de 2011, cuando me desperté con la sensación de haber dormido media hora a lo sumo por efecto de la primavera, de haberme acostado un poco más tarde de lo debido (como siempre) y de que los populares reocorrieran el pueblo en sus coches fundiendo el claxon, cual equipo de fútbol victorioso que dicta la hora en la que uno podrá descansar cuando les dé por dejar de pitar. Sí, estaba cantado que iban a ganar, ya lo sabíamos todos y quien decía no esperarse algo así es porque no lo quiso ver. Que las cosas no se consiguen de un día para otro y menos en España, donde todo llega con retraso menos las modas y donde la gente no lee. Si no se leen los carteles, ¿cómo se van a leer la diferencia entre voto en blanco y voto nulo? ¿Cómo se van a leer las propuestas de Democracia Real antes de votar al "menos malo"? ¿Cómo se van a leer tantos textos que hablan de la lucha contra el bipartidismo?

Luego está eso de que la gente va teniendo una edad y deja de soñar... pero disculpen mi insolencia, señores, cuando les recomiendo que sueñen un poco en vez de rebuznar constantemente por ese sistema en el que unos y otros son malos y les traen por el camino de la amargura. Y luego me dirán que soy joven y que no tengo ni idea, y probablemente no les falte razón en el primer punto. Ya tendré tiempo de experimentar la decepción por mí misma, pero de momento no tengo motivos. Cosas de tener a lado de la cama una notita que me escribió mi madre en mi caluroso cumpleaños del 2010 en la que se lee: "para que sigas soñando". Y mi madre no es de las que pueden permitirse tenerme entre algodones durante toda mi vida. De hecho siempre me ha dejado muy claro que la vida es dura y decía que me había dejado mala herencia al contagiarme su idealismo.

Bueno, pues yo iba a escribir sobre aquel lunes, me iba a centrar en ese despertar y en que la lucha continúa, una lucha que nos costará pero que hemos de hacer si queremos conseguir algo, pero hoy se ha producido el violento desalojo de la Acampada en Barcelona y me toca cargar las tintas contra el gobierno y contra quienes permiten que sea el que es. No lo voy a hacer contra la policía, puesto que son mandados. Pero que se les haya permitido utilizar la violencia de forma indiscriminada e injustificada contra personas que acampan pacíficamente me parece indignante. Si ya hasta una protesta pacífica es reprimida, ¿qué no harán? ¿Este es el gobierno legítimo? Vergüenza me da este país. Vergüenza, pena y rabia por esta España estúpida en la que el electorado sigue permitiendo que energúmenos como los que nos dirigen sean la autoridad de un pueblo adormecido cuyo despertar es brutalmente silenciado. Asco, un asco que me puede es lo que siento cuando pienso en toda esa gente oportunista y deshonesta ocupando cargos importantes que no nos representan sino que nos denigran y, por lo visto, ahora también nos apalean.

Todo mi apoyo para la gente de la Acampada en Barcelona. Siento que hayáis tenido que aguantar esto.

Gracias desde lo más hondo de mi corazón al sucedáneo de democracia que tenemos actualmente por permitirme mantener los ojos abiertos y buscar una Democracia Real. Y de paso, por permitirme cultivar el sarcasmo.

lunes, 16 de mayo de 2011

Miro (parte 16): Porque hay cosas lamentables

(Imagen extraída de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgpEmUjcRgxxyhTQLAOKkAjSTUNQ0Yt4QvUp3mjVl6GeImHMKZC4N0ks_UTMute7UMQb1QrcocyOmgZYMiVpKkUfp9GRelnu83HGqxJtfm9Cmyo0YF1GLsyAXYnfJL_yBuuQvrjWkZucNw/s1600/godzilla+facepalm.jpg)

Me gustan los mercadillos. A menudo encuentro en ellos algo que llevaba buscando durante un tiempo a un precio razonable. Suele pasar que en puestos vecinos tienen el mismo producto, y unos y otros hacen ofertas y las anuncian a voz en grito para atraer a la clientela. Algo parecido pasa entre los representantes del PP y el PSOE cuando comienza la campaña electoral. Unos y otros gritan como descosidos que harán reformas si les damos su voto, pero hay una diferencia fundamental entre ambos, y es que en el mercadillo pago con dinero para obtener un producto; en política, pago con mi voto por una promesa. Y no me llevo nada a cambio salvo el mal sabor de boca de haber agotado uno de mis derechos para votar a alguien en quien no confío. Para poner en el poder durante cuatro años a un grupo que se va a limpiar el culo con mi futuro.

Cuando se acercan las elecciones no puedo sino reírme. Los medios de comunicación se vuelven inaccesibles y uno teme que ya hasta en los horóscopos del periódico le digan a quién ha de votar. Eso quien los lea, claro. Aunque visto lo visto, esas predicciones me resultan más creíbles que las de cualquier politiquillo al que la capa de superhéroe le queda grande. Eso sí, los calzoncillos de Supermán los petan, porque vaya huevos.

El espíritu del turno de partidos flota en el ambiente, pero si alguna vez hubo decoro en la política, si alguna vez esta fue un arte, se ha perdido completamente. No hay elegancia ni es posible convencer a un votante descontento y humillado, porque nadie da la cara y le dice la verdad. En lugar de eso, unos y otros cogen el paro, se lo muestran, se aseguran de que saliva al verlo, le dicen que lo van a reducir y arrojan esas palabras a la nada. Y se ríen de ese ciudadano estúpido, pero se ríen por lo bajo, mientras ven cómo excava con sus manos para encontrar esa promesa. Pero la promesa no está ahí, ni en ninguna parte. Está en la nada, porque es una promesa vacía. Porque ningún voto la hará realidad hoy, ni mañana. Ni nunca con este sistema que no funciona.

Porque no funciona. Está visto que la cosa cada vez va a peor y que los políticos no convencen. Ya no es cosa de que cuatro locos lo anuncien: es que la gente se está echando a la calle, aunque los medios de comunicación de nuestro país no quieran enseñárnoslo. Porque en este país hay descontento, un descontento cada vez mayor, y se están agotando los parches para taparlo. Porque ante esta campaña lamentable en la que el insulto al rival es el mejor argumento, hay personas que están demasiado indignadas para seguir escuchando.

Porque hay cosas lamentables y luego está la política española; pero por una vez tengo esperanza (y no la Aguirre precisamente).

martes, 3 de mayo de 2011

Miro (parte 15): Dicen que...

(Imagen extraída de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhvUfyIqBZ0lBq1Kr0Y3UFCuKhMxCvQVTavYHS1YJ7W5KjVDLS-wencf622zvdPAvCJh9KFugHZyFEaYjhzuTStqFOl71aZ0bPOlGZBZ_9K5Ca9K_mCwH-_Il6kebIr8RqwqcU3iQAtA2U/s1600/Obama-superman.jpg)

Obama dice que Bin Laden ha muerto. Los americanos se echan a la calle y aclaman a su presidente como si de un héroe se tratase. Saben que la muerte de un hombre malo no les devolverá a los seres queridos que perdieron, pero merece la pena celebrarlo, alegrarse porque queda esperanza. Porque en estos tiempos caóticos, un hombre ha cumplido una promesa: la promesa de dar caza a uno de los principales responsables de la tragedia que vivieron.

Una promesa que hizo George W. Bush, y que no cumplió. Pero Obama es diferente, o eso dicen. No en vano es la personificación del cambio, como vimos en la magnífica campaña publicitaria que se hizo para promocionar su candidatura a la presidencia de EE.UU. Obama es diferente porque representa a los Demócratas, frente a los Republicanos, porque su sonrisa franca y su energía al hablar daban esperanza al pueblo, porque su imagen resultaba impecable frente al ya apenas creíble Bush. Y porque es el primer ciudadano de color en ocupar la presidencia de EE.UU. No olvidemos ese detalle, porque desgraciadamente, tiene mucha relevancia, y con esto no digo que me parezca mal, en absoluto. Lo penoso es ver que las diferencias raciales están tan presentes, y que el color de la piel de un hombre determine un cambio.

Dicen que Obama es diferente. Pero ha continuado la cruzada de su antecesor en el cargo. ¿Qué cambio supone ese? Continuar con la persecución de un individuo que merece ser ajusticiado pero cuyo destino no cambiará nada no me parece un cambio. Tan sólo se trata de seguir con un asunto que probablemente sea importante para la moral de los norteamericanos, pero que no es urgente. Aunque claro, no hay crisis mientras se haga justicia, porque dicen que se ha hecho justicia. Una justicia absurda, porque acabar con Bin Laden no es acabar con el malo final. Acabar con Bin Laden no supone más que la muerte de un individuo. No significa desmantelar Al-Qaeda, sino más bien una provocación. Y esto en el supuesto de que sea cierto, porque aquí una servidora no se lo cree por el momento.

Dicen que no somos como los terroristas, y quiero pensar que tienen razón. Nos enseñan sus imágenes celebrando sus victorias a costa de la sangre de los inocentes, y nos dicen que no somos como ellos. Nos adoctrinan para que nos mantengamos unidos frente al mal, frente a la amenaza terrorista. Pero cuando veo a los americanos quemando las fotos de Bin Laden, cagándose en su tumba (afortunadamente, no de manera literal) y festejando su muerte con cerveza en la mano, no veo la diferencia. Sólo veo que ellos tiraron la primera piedra, la primera bomba. Pero queda de manifiesto que nuestra naturaleza no es muy diferente. Será cosa de ser compañeros de raza, la raza humana.


Por supuesto que somos diferentes. Por suerte, no todos los hombres y mujeres de este mundo serían capaces de morir y matar por una causa que no les importa hacer comprender a los demás sino que pretenden imponer por la fuerza, a costa de todas las vidas que sean necesarias para ello. Por suerte, nos queda algo de moral, aunque desgraciadamente sólo despierte cuando nos ponen delante una masacre, y entonces nos solidarizamos con quienes sufren. Pero si queremos paz y celebramos las muertes como si de nuestros triunfos se tratase, estamos declarando la guerra.

Está claro que no hay victoria sin sacrificio y que erradicar el terror nos costará mucha sangre todavía. Pero por favor, no seamos hipócritas. Que no me vengan con que se ha hecho justicia, porque lo que se ha hecho con esto es dar el primer paso para que una guerra silenciosa se convierta en una guerra abierta. Una guerra por intereses, como se hacen todas las guerras, y dudo que a Obama le importe mucho la justicia. Me río cuando oigo mencionar a la nación del sueño americano llamar justicia a una venganza, a la cruzada personal de un presidente para ganarse el apoyo de su pueblo, utilizando su respuesta emocional como excusa para apuntarse tantos. Me río cuando veo cómo un país se hace pasar por garante de sueños, por padre de todos y realmente se aprovecha de sus ciudadanos. La justicia no es cosa de presidentes, no. Ni siquiera es cosa de Obama.

Pero dicen que Obama es el cambio. Quién sabe si, de ser cierto que Bin Laden a muerto, a corto plazo se liará parda, morirá mucha gente y odiaremos a Obama, y quizá en el largo plazo consigamos algo y le recordemos como alguien valiente que dio un primer paso para conseguir la paz. Quién sabe lo que pasará en esta realidad mutable en la que vivimos rodeados de incertidumbre. Hoy sólo veo que se ha saldado una cuenta pendiente que aumentará la credibilidad de Obama a nivel nacional, pero que no resuelve nada. Al-Qaeda seguirá siendo igual de fuerte y yo seguiré pensando que desconfiar de los líderes mundiales es lo mejor hasta que se me demuestre lo contrario.

viernes, 29 de abril de 2011

Miro (parte 14): El lamentable clásico

(Imagen extraída de: http://www.verfutbolvivo.net/wp-content/uploads/2011/04/real-madrid-vs-barcelona-20111.jpg)

Madrid-Barça, Barça-Madrid. No importa dónde se juegue, no importa qué título se dispute: lo que importa es que es el clásico, los dos grandes del fútbol nacional se enfrentan y los aficionados viven una auténtica batalla. En los programas deportivos le dan bombo al asunto y empiezan a calentar los ánimos. Que si fulanito ha dicho tal, que si menganito ha dicho cual. Aunque queden semanas para el partido, los seguidores de ambos equipos ya se están tirando los trastos a la cabeza.

Llega el día del partido. Obviamente, uno de los dos equipos se va tener que tragar sus palabras. Gane el que gane, Madrid o Barcelona serán ciudades que no podrán dormir hasta las tantas de la madrugada por el jaleo que montan los seguidores del equipo que se alce con la victoria. Gane el que gane habrá insultos y chulería a expuertas y se echará de menos la deportividad.

Siempre he sido madridista, y aunque ahora no sigo la liga con frecuencia, me sigue alegrando saber cuándo ganan los merengues. Dejé de ver el fútbol cuando empezamos con el rollo de "los galácticos", porque veía que se movía mucho dinero pero no se jugaba nada. El Barça ha ido tirando de cantera y haciendo fichajes más acertados, y aunque Guardiola no me caiga precisamente simpático, les está dando caña a sus chicos. Así tenemos a un Barça temible que gana porque sabe jugar.

No tengo problema en reconocerle a Messi la increíble jugada que le permitió sentenciarnos ayer con un segundo y magnífico gol. En ese aspecto, soy bastante objetiva. Lo que llevo mal es el recochineo, pero el de unos y el de otros. La falta de deportividad de la que hablaba antes, las burradas que se dicen y que se hacen por algo que a fin de cuentas no es más que un deporte. Algo que debería disfrutarse se vive de manera exagerada, rozando el fanatismo y acabando, en muchos casos, en desmadre. Es lo malo de los excesos, y bien es sabido que en este país nos chutamos el fútbol en vena. Sólo hay que ver las portadas de los periódicos o el inicio de los telediarios. Por eso es de esperar que cuando hay un partido decisivo se líen las cosas y de vez en cuando le hagan un poquito de daño a la Cibeles, por ejemplo; pero a mí no me hace ninguna gracia. Debe ser cosa de la euforia, por eso de que ganar un partido es lo más parecido a tomar una ciudad y disfrutar del saqueo, porque el fútbol sirve para canalizar nuestros instintos competitivos que de otro modo acabarían en violencia.

El fútbol es politiqueo, está claro desde el principio. Sirve a unos intereses muy concretos, como tantos otros contenidos diseñados para entretenernos y que así unos cuantos puedan asegurarse de que no protestaremos mientras tengamos algo que ver en la televisión. Pensemos en la victoria  de España en el mundial, momento en el que se produjo un milagro y la crisis desapareció hasta que se nos fue esa fiebre maravillosa. Pero ese momento queda lejos y cuando se vive otro muy diferente, esa lucha autonómica para muchos: Cataluña contra España. Sí, sí, no contra Madrid, porque he visto alzadas en más de una ocasión las banderas nacionalistas tanto de unos como de otros, y en ningún caso ondeaba la de la Comunidad de Madrid. Y si esto sólo fuese un deporte no habría necesidad de alzar otra bandera que no fuese la del equipo en cuestión, sin reivindicaciones de por medio.

Sea porque los árbitros son unos vendidos, porque los jugadores hacen teatro, porque fulanito estaba lesionado, porque el campo no estaba en condiciones para jugar... sea cual sea la excusa que se utilice, lo queramos ver como un duelo o como un partido pactado al más puro estilo Pressing Catch, el fútbol no debería ser más que fútbol. Debería ser un deporte del que disfrutar, por el que pudiésemos alegrarnos o entristecernos porque un equipo gane o pierda, sin olvidar el civismo.

Son por estas cosas por las que muchas veces paso de ver el fútbol.

lunes, 25 de abril de 2011

Miro (parte 13): "En paz con los hombres"

(Imagen extraída de: http://www.expocomic.com/blog/wp-content/uploads/2010/04/Dead-moon.jpg)

"Yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas", escribió mi querido Antonio Machado, y sus palabras quedaron grabadas en mi memoria desde que las leí. Supongo que más de uno dirá que poco tiene que ver esa frase connmigo, ya que no me caracterizo precisamente por ser una persona que discuta poco con los demás, pero la experiencia me ha hecho aceptar que muchos de los problemas que causamos a los demás son generados por los problemas que tenemos con nosotros mismos.

En nuestra formación como individuos, experimentamos una serie de circunstancias que nos moldean haciendo de cada uno de nosotros algo único, irrepetible. Podremos encontrar personas muy parecidas a nosotros, tanto que probablemente quedemos asombrados; pero nunca seremos idénticos. De ahí que, pese a lo mucho que nos esforcemos en diferenciarnos de los demás acudiendo a todo tipo de elementos estéticos, no lo logremos en el sentido de que nunca podremos ser más diferentes de los demás que siendo simplemente nosotros.

Necesitamos sentir que somos especiales, y creemos que destacando entre la gente por mostrar unas cualidades o un aspecto determinados será suficiente para recalcar nuestra diferencia. Esto es notable a ciertas edades, si bien dicha tendencia suele descender pasado un tiempo (aunque no siempre es así). Pero a la vez, buscamos la semejanza y tratamos de integrarnos en grupos en los que encontrar a personas con las que compartir todo aquello que nos distingue. En definitiva, queremos ser únicos pero no estar solos.

Si nos cernimos sólo a la estética y pensamos en casos tales como el de las tribus urbanas, podemos salirnos con la nuestra. Pero como decía al principio, es nuestro interior lo que nos hace realmente diferentes, y encontrar personas con las que compartir puntos de vista o sentirnos comprendidos se hace mucho más difícil. Eso puede llegar a frustrarnos y probablemente concluyamos que:
  • Los demás no piensan como yo (y nos sentimos raros, despreciados por el injusto gentío)
  • Yo no pienso como los demás (y nos crecemos ante la ignorante plebe...)
En ambos casos, seguramente nos enfademos y sigamos sintiéndonos solos por muy convencidos que estemos de nuestros argumentos. Exigiremos continuamente a los demás que piensen como nosotros a sabiendas de que no podemos hacerles cambiar y discutiremos con ellos sin conseguir nada. Con algunos tal vez podamos mantener una base de respeto aunque resulte imposible compartir planteamientos. Con otros, lo más sabio será cortar la relación a menos que queramos vivir enfadados el resto de nuestros días (o acabar a palos, que es lo que suele ocurrir pero que preferiría no contemplar como opción).

Soy de las que piensa que las diferencias nos enriquecen y que un intercambio de opiniones siempre es interesante si se hace con respeto mutuo. Rodearme sólo de personas muy parecidas a mí me aburriría si estuviésemos siempre de acuerdo en todo; y si defendiéramos argumentos diferentes con el mismo ímpetu, acabar a palos sería lo más probable. Pero he de decir que a veces me siento un poco sola. Actuar de acuerdo a mis principios me lleva a enfrentarme muchas veces a opiniones mayoritarias que no puedo compartir de ninguna manera y que en más de una ocasión me han indignado porque van en contra de aquello en lo que creo. Ante esa situación, sigo firme con mi actitud, porque la creo correcta, pero no puedo evitar sentirme apartada de quienes pueden unirse porque piensan parecido. Sarna con gusto no pica, que dice el refrán, y si el precio a pagar por defender mis principios es este, tendré que se consecuente con ello. No hablo de situaciones extremas, sino de esos pequeños ejemplos que nos da la vida cotidiana en los que se revelan nuestras cualidades.


¿Y qué cualidades tiene la capitana?

Pues en esta vida me ha tocado ser, entre otras cosas, honesta. Pude haber sido astuta, ingeniosa, adaptable o brillante, pero me tocó ser honesta. Hace tiempo leí una frase que decía que "los honestos son inadaptados sociales", y de alguna forma me resultó divertida. Tal vez porque tiene algo de cierto, sobre todo en los tiempos que corren. Desde fuera, se podría decir que mi honestidad me trae problemas con los demás, pues es la que me lleva a oponerme a ellos muchas veces. Pero también es la responsable de que confíen en mí y gracias a ello puedan llegar a quererme e incluso a admirarme. Sea como fuere, mi honestidad me hace ser quien soy y sólo puedo tener la conciencia tranquila obrando de acuerdo a mi forma de ser, lidiando con los problemas internos que se me presenten mientras trato de seguir en paz con los demás.

Tal vez algún día me sienta totalmente en paz conmigo misma.

viernes, 15 de abril de 2011

Miro (parte 12): ¡República, República!

(Imagen extraída de: http://partidocomunistaclm.files.wordpress.com/2010/06/republica.jpg)

Ayer, 14 de Abril de 2011, se cumplieron 80 años desde el día en el que la II República fue instaurada en España. Aquel día se gritaba con alegría: "¡Viva la República!", y es que por fin el país veía algo de luz tras siglos de monarquías endogámicas.

La República supuso un avance, una experiencia democrática. Sobre todo, supuso que España tuviese una Constitución. Por supuesto, sus inicios fueron difíciles, con una rápida sucesión de gobiernos, y se vivieron etapas convulsas. Fueron apenas 6 años de medidas polémicas, por su novedad y por la constante oposición conservadora, pero 6 años de una libertad considerable en todas las esferas. Una libertad cercenada por la victoria franquista en la Guerra Civil, que volvió a encerrar a España hasta la muerte de Francisco Franco en 1975.

Hoy día, somos herederos de esos tiempos y se vuelven a respirar aires de libertad, de una democracia en muchos casos insuficiente y patética, pero democracia a fin de cuentas. Sin embargo, no son pocos los jóvenes que lucen la bandera republicana y reivindican la vuelta de esos tiempos. Muchos de ellos suelen acompañar sus gritos con una litrona y promocionan manifestaciones, además de tachar rápidamente de fascista a quien no piensa como ellos, porque la censura que no quieren para ellos la derrochan muchas veces para los demás. Como podéis imaginar, ayer se hicieron festejos por doquier en los que el calimocho tuvo más protagonismo que la bandera tricolor. Y mientras caminaba entre los asistentes caídos y considerablemente borrachos que me cortaban el paso, me preguntaba cuántos de ellos estaban allí porque verdaderamente creían en la República.

Preguntarnos si preferimos una república o un gobierno absolutista es ridículo: nadie quiere tiranos. Pero yo vivo anclada a mi tiempo. Nuestros padres y los padres de nuestros padres saben lo que es vivir tiempos de censura, y por ello saben mejor que nadie si merece la pena cantarle a la República. Nunca hay que olvidar el pasado, pero, ¿qué sabemos nosotros de esos tiempos por lo que hemos vivido en nuestras carnes? Nada. Entonces, ¿por qué seguimos enarbolando banderas de tiempos pasados en lugar de hacer de la reivindicación de nuestras necesidades actuales nuestro nuevo estandarte?

lunes, 14 de marzo de 2011

Miro (parte 11): Sucedió en Japón

(Imagen extraída de: http://fernanescudero.files.wordpress.com/2011/03/imagen-51.png)

Sucedió en Japón.

El viernes pasado, Japón se vio sacudido por un seísmo de 8,9 grados en la escala Richter (con su posterior réplica), lo que provocó devastadores tsunamis que han anegado pueblos enteros. Por si eso fuera poco, después llegó el pánico nuclear. Ahora, el país se ve afrontando una crisis multidimensional.

Ánimo, Japón. Siento poder aportar sólo eso.

jueves, 10 de marzo de 2011

Miro (parte 10): Desinterés e ignorancia

 (Imagen extraída de: http://www.fondosanimados.com/wallpapers/animales/primates/chimpances/ni_ver_ni_oir_ni_hablar/800x600_ni_ver_ni_oir_ni_hablar.jpg)

Desinterés e ignorancia.

"¿Qué es peor, la ignorancia o el desinterés?", me preguntó ayer mi prima de ocho años. Fue una de esas preguntas repentinas, fruto de una curiosidad inocente que se va abriendo paso. Sin dudar, le respondí que lo peor era el desinterés, porque la ignorancia se cura aprendiendo, pero si no quieres hacerlo, te quedarás sin saber por voluntad propia. Ella dio por respondida su pregunta y prosiguió su camino al colegio dando saltos, pero yo me quedé pensando en la pregunta tan buena que me había hecho y, como casi siempre, fui más allá de mis palabras.

A día de hoy somos muy intolerantes con la ignorancia. Tachamos de ignorante al que consideramos que no sabe de lo que habla, y con una facilidad pasmosa además. Consideramos que el ignorante es culpable de su propia ignorancia, pues vivimos en un mundo en el que la información está al alcance de todos. Permitidme discrepar, pero yo no creo que vivamos en este pseudosueño americano. Desde que nacemos, partimos con oportunidades muy diferentes que condicionarán, entre otras cosas, el tiempo que podremos dedicar al aprendizaje y las cosas que aprenderemos. También condicionarán el nivel de importancia que daremos a la obtención de según qué conocimientos. Estoy segura de que muchas personas querrían saber muchísimo más de lo que les es posible conocer.

Por otra parte... qué mala costumbre esa de creernos tan cultos en tantas cosas y por ello con tan buen juicio para determinar quién es el ignorante.

Sin embargo, no estoy diciendo que la ignorancia provenga únicamente de nuestras circunstancias adscritas. Nuestro desarrollo como individuos a partir de dichas circunstancias tiene mucho que ver. Una persona que desee aprender y que disponga de medios, adquirirá más conocimientos; sin embargo, aquella que carezca de interés por esto, se quedará estancada. Aquí es donde se manifiesta la estrecha relación entre desinterés e ignorancia, pues está muy claro que quien no quiera aprender, no lo va a hacer, y aquí es donde se genera un individuo al que seguramente tacharemos de ignorante con el tono más despectivo del mundo.

Total, ¿para qué vamos a preguntarnos de dónde viene tanto desinterés, que es la raíz de lo que tomamos por un problema? ¿Para qué vamos a buscar las causas de algo que parece molestarnos tanto?

Pero al igual que el desinterés produce ignorancia, la misma ignorancia produce desinterés. Porque si quiero aprender pero lo veo difícil, si aprender me cuesta muchísimo (porque me falta tiempo, o porque siento que mi cabeza no da para más) acabaré tan cansado que lo terminaré dejando. Me desmotivaré y decidiré seguir por otro camino. Y seguramente, aun así me culpen de mi desconocimiento.

De una u otra forma, ciertamente, mantenerse o no en la ignorancia es una decisión "propia" en aquellos casos en los que existen medios al alcance de la persona en cuestión. Porque una cosa es que los medios estén ahí para la mayoría, y otra muy distinta, que uno esté entre los individuos que pueden servirse de ellos. Por ello no es justo culpar al ignorante que no tiene acceso a estos medios.

Otra puntualización que creo conveniente hacer es que, cuando hablo de ignorancia, no me refiero sólo a ámbitos académicos y/o culturales. Ignorar los problemas sociales actuales es muy dañino, y esta ignorancia suele venir causada por un profundo desinterés; aunque también, la frustración por no poder ayudar hace que optemos por evadirnos. Puede que por este tipo de ignorancia no  nos culpen tanto. Tal vez porque todos lo hacemos y las cosas son más sencillas así.

Pero también ignoramos los problemas personales de personas más cercanas a nosotros que aquellos que sufren en lugares que no vemos diariamente. Personas a las que ni siquiera nos acercamos para preguntarles cómo se encuentran y damos por hecho que no tenemos comunicación con ellas.

En fin. La verdad es que me resulta curioso ver cómo una pregunta tan sencilla me hizo pensar tanto; aunque, la verdad, no sé de qué me extraño. Cuando tenía más o menos la edad de mi prima, cayó en mis manos el cuento de "San Jorge y el dragón", que me dejó una frase grabada a fuego: "en este lugar hay pena y miedo, los niños no juegan en la calle". El hecho de que un viajero solitario llegara a un lugar en el que las gentes se escondían en sus casas, se detuviera para preguntarse por qué ocurría aquello y decidiera hacer algo para ayudar en lugar de seguir su camino con indiferencia, me llamó la atención sobremanera.

Si seguimos vagando sin interesarnos por conocer y comprender, nunca acabaremos con la ignorancia.

lunes, 28 de febrero de 2011

Miro (parte 9): "Yo te nombro, Libertad"


Esta vez no hay imagen que ilustre mi entrada, porque no hay imagen que me evoque algo como es la libertad. Algo que he procurado entender desde que era una pequeña y precoz lectora, y veía que en páginas de muchos libros distintos se hablaba de ella; y, aun sin comprenderla, pensaba que la libertad debía ser algo muy importante. En el colegio me explicarían que la libertad es indispensable para el ser humano, pero la Historia me mostraba que las civilizaciones se habían expandido pasando por encima de ella, y sepultándola bajo los monumentos a sus líderes. Y no podía entender cómo las mismas personas que necesitan ser libres, son capaces de destruir los derechos de sus compañeros. Supongo que aquel descubrimiento sería el responsable de mi paulatina pérdida de confianza en la humanidad, pero en esos momentos era todavía inocente y preguntaba constantemente el porqué de todo.

Libertad... cuántos han tratado de definirte, y yo misma intento analizarte, convertirte en un concepto más sencillo con el que poder explicar cómo pienso que eres para poder dar respuesta a mis propias preguntas y a las que otros tantos me hacen en su afán de comprender por qué siempre estás tan presente en mi corazón. Cuántos hombres y mujeres han luchado y han muerto para preservarte, cuántos te han llorado cuando fuiste arrancada de sus vidas mutiladas. Cuántos tratan de asfixiarte, de violarte, en estos tiempos en los que el respeto mengua e incluso la más pequeña decisión puede condicionar tu destino. A ti, que eres parte de mí y de todos aquellos con los que comparto la condición humana. A ti, que me permites decir lo que pienso sin temor a que me conviertan en leña para una hoguera de silencio. A ti, que nos traes lágrimas de felicidad cuando te sentimos. Tantos te han cantado y ojalá te sigan cantando por muchos años, con tristeza cuando estés lejos y con alegría cuando nos rodees. Ojalá nunca dejemos de gritar tu nombre, de tratar de comprenderte y de intentar que quienes te niegan, te permitan existir.

lunes, 14 de febrero de 2011

Miro (parte 8): Rebuznando

(Imagen extraída de: http://www.madrimasd.org/blogs/universo/wp-content/blogs.dir/42/files/371/forges-y-los-blogs-fuente-inquietudes-en-primaria.gif)

A estas alturas, me parece un poco ridículo felicitaros el nuevo año porque lo tenemos más que estrenado. Llevo intentando actualizar esto desde el mes pasado, pero entre unas cosas y otras, no he sido capaz. No me ha faltado ocasión, y ha habido cantidad de temas que comentar, esos que tenemos hasta en la sopa y a los que yo también presto atención, porque aunque en ocasiones me gustaría retirarme a mi barco hundido y olvidar cuanto sucede en tierra, suelo estar informada. Por ello estoy al tanto de la situación en Egipto, como lo está David Bisbal, a quien tanto se critica por ciertos comentarios vertidos en twitter, pero al margen de lo que opine el muchacho, lo que me parece penoso es que se hable de él casi tanto como de un hecho social; pero esto debe ser cosa mía, porque soy un poco tiquismiquis y todavía me molesta que los informativos se abran con las polémicas futbolísticas y después me cuenten dónde hay bombardeos. Aunque, la verdad, no sé de qué me extraño. Si ZP y Rajoy pueden jugar al tenis utilizando como pelota la esperanza de los ciudadanos, ¿por qué no puede Cristiano Ronaldo ser el primero en hablar?
 
Mientras tanto, Belén Esteban sigue siendo uno de los máximos líderes de opinión y por ello se la escucha más que al señor Eduard Punset, ya que parece ser que la coronada por la sociedad española como "princesa del pueblo" se hace oír con más fuerza. No es de extrañar, porque arrabalera es un rato, pero como ella hay todo un circo de personajes que viven del cuento y de nuestro aburrimiento. Tal vez si tuviésemos más inquietudes, dedicaríamos más tiempo a tratar de aprender en lugar de seguir manteniendo a individuos que se convierten en auténticos iconos sólo por dar una imagen vergonzosa que nosotros no querríamos dar. Sinceramente, no sé cómo la Ministra de Cultura, la famosísima señora Sinde, permite esto y no toma ningún tipo de medida, mientras centra sus esfuerzos en censurar el uso de Internet, cuando debería ser considerado una herramienta para ampliar nuestro conocimiento y disfrutar de contenidos a los que no tenemos fácil acceso por otros medios debido a la también conocida crisis, esa en la que políticos y empresarios se escudan para justificar ciertas medidas, pero que parece no existir en otros contextos. 

Por estas cosas y muchas otras rebuznamos en casa, en el trabajo, con los amigos... da igual con quien, el caso es que nos ponemos como energúmenos y defendemos nuestras quejas. Las defendemos a gritos, pagándolo con cualquiera, pero no movemos ni un dedo. ¿Por qué? Porque no sabemos cómo hacerlo o porque tenemos otras prioridades en la vida. Porque no se cumple la afirmación de Karl Marx de que "el pueblo tiene más necesidad de respeto que de pan". Pero también porque nos hacemos esa pregunta mágica, ese "¿y para qué?" que nos quita las ganas de todo. ¿Para qué vamos a intentar organizarnos? Podemos montar grandes quedadas, pero más allá de eso no tenemos iniciativa. Parece ser que las únicas grandes motivaciones que tenemos para movilizarnos son los macrobotellones o poder fumar en sitios cerrados. Así que nada, a seguir rebuznando.




martes, 30 de noviembre de 2010

Miro (parte 7): La luz de Noviembre

(Una foto cualquiera, hecha por mí sin ninguna intención artística, y se nota)



La luz de Noviembre

Mi madre me dijo una vez que poder asomarse por la ventana y ver una puesta de sol, o la luz que asoma entre las nubes tras una tormenta, es un regalo por el que dar gracias. Algo tan sencillo y a la vez tan bonito como los colores que se mezclan en el cielo una tarde cualquiera, es una de tantas pequeñas cosas que nos rodean diariamente; esas que damos por hechas y en las que no reparamos. En aquel momento no le presté mucha atención, la verdad, pero a menudo pienso en esa frase cuando cuando mis soledades voy y de mis soledades que vengo, como diría Lope.

No hay luz como la de Noviembre. Al menos, donde yo vivo. Es esa luz gris suave, que hace nuestra piel más pálida y nuestros ojos, más claros. Es esa luz que cae como un hilillo de entre las nubes y a veces tiene un brillo dorado, y hace que miremos hacia las hojas amarillas y pardas que quedan en los árboles. Tiene una alegría tímida, escondida, que a veces sale con más fuerza, como una risa sincera; y consigue que el viento que anuncia el invierno resuene menos y nos parezca una brisa fresca.

Pero todo llega a su fin, y habré de esperar otro año para volver a maravillarme en silencio. La luz de Noviembre se escapa entre mis dedos, se esconde de nuevo para dar paso a un nuevo mes y al fin de este otoño que tanto me hace pensar.

Y, como si leyera mi oda, brilla más ahora...

jueves, 16 de septiembre de 2010

Miro (parte 6): Cosas del arte



(Imagen extraída de https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh4qRIiEmeVpng0dbN0hCUvtFyUJAE8JDGpTljGtJ-RkKjBthO793b1Q-455K7A1gLy2_RiSNWahdqMIDJssLyaqFU4aSLBV7hmy0ZanFFCmor0g3uFB_V7FYp41DlvNYFgSlW30KOLTqxb/s400/Aabf15.jpg)

Cosas del arte

No me considero una persona con grandes conocimientos artísticos. Me gusta ver exposiciones siempre que tengo ocasión, hay estilos que me atraen más y otros menos, y tengo mis artistas favoritos, todos bastante conocidos. Artistas cuyas obras llevan años o incluso siglos deslumbrándonos, pues jamás imaginamos que un hombre, o una mujer, pudiera crear algo tan expresivo, tan vivo, tan difícil de explicar que sólo disfrutándolo podemos comprenderlo.

Hay muchísimas formas de crear arte. La pintura, la escultura, la escritura, la música... todos son cauces para expresar nuestra sensibilidad. Las técnicas y las ideas se renuevan constantemente, pues cada mente es un mundo que puede ofrecernos sorprendentes creaciones. Y, como todo aquello que forma parte de nosotros, el arte se da la mano con los tiempos, y en cada momento, surgen distintas corrientes. Y una de ellas es el arte contemporáneo, del cual he tratado de informarme todo lo que he podido, pero me temo que no sólo no lo comprendo, sino que tampoco puedo apreciarlo.

No dudo que cada cual tendrá su forma de expresarse a través de sus obras, pero francamente, el arte contemporáneo, hablando en términos generales, me parece absurdo. No pretendo ofender a nadie, y de ahí que utilice este calificativo cuando reconozco que en ciertas ocasiones me vienen a la cabeza otros apelativos menos amables, pero es lo que pienso. Por supuesto que he encontrado excepciones que me han gustado, pero lo normal es que, viendo este tipo de obras me pregunte si es que a estas alturas cualquier cosa puede ser considerada arte. No puedo evitar acordarme de ese capítulo de los Simpsons en el que Homer intenta armar un kit de barbacoa y termina creando un estropicio que sorprende a una entendida del mundo del arte contemporáneo. La crítica a esas obras que muchos no alcanzamos a comprender es compartida por individuos que  probablemente no tengamos conocimientos suficientes para juzgar desde un punto de vista fundamentado en el academicismo, pero sí criterio propio para discernir lo que nos parece arte y lo que no.

Y entonces llegamos a la temida cuestión. ¿Qué es el arte? Según la segunda definición ofrecida por la Real Academia de la Lengua Española, que me parece la más adecuada para el tema tratado, se llama arte a la "manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros". De acuerdo a esta definición, el arte contemporáneo no podría ser más puro, pues ofrece una visión totalmente subjetiva que tan sólo puede ser explicada al espectador, ya que no seremos capaces de captar la esencia que el mismo artista vuelca en su obra. No obstante, creo que muchas veces el arte contemporáneo es el pretexto perfecto para cultivar fama en determinados círculos, a base de mostrar un puñado de objetos acompañados de un discurso para explicar algo que difícilmente nos evocará un sentimiento.


Pero... ¿a qué llamamos arte? ¿Quién decide lo que es arte y lo que no? Tal vez sólo sea una etiqueta para designar aquello que ha sido creado para transmitir. Y, por ello, cuando disfruto de una obra, sea considerada artística o no, es porque me ha evocado algo, algo que ni siquiera el propio autor puede explicarme. Simplemente es una imagen, una palabra, una nota de música que ha llegado a mi interior y ha conectado con una parte de mí. Algo que me sorprende por su perfección, por la exactitud con la que expresa lo que he tratado de imaginar, por la genialidad con la que retrata una criatura o una emoción. Algo que podemos apreciar, tengamos estudios o no, porque tenemos alma. Y no necesitamos que se nos diga lo que estamos viendo o escuchando, porque lo estamos sintiendo.