A quienes encuentren mi barco hundido...

"Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae."
(Drácula)

martes, 8 de junio de 2010

Miro (parte 4): Fotografías de vidas...



De nuevo, rescato una vieja entrada... publiqué la original hace poco más de dos años, en mi antiguo blog, tras descubrir una exposición de fotografía sobre el VIH mientras vagaba con dos compañeros por la universidad en busca de un cajero.

La exposición consistía en un viaje por todo el mundo, a través de fotografías de enfermos de SIDA de cada continente. Muchos de ellos eran sólo sombras, o manos que cubrían caras, por miedo a ser reconocidos. Todas eran fotografías de historias, de vidas. Aún recuerdo bastantes de aquellas imágenes... pero hubo una que me quedé mirando, porque verdaderamente me llegó al alma. Es la que veis arriba. Una madre velando a su hija, seriamente deshidratada, en un precario hospital. Pero ríen...

Recuerdo que nadie nos había avisado de la existencia de aquella exposición. También recuerdo que sólo nosotros estábamos prestando atención a las fotografías, y que nos quedamos totalmente callados. La gente curioseaba y rápidamente se marchaba, algunos por prisas, otros por desinterés o porque la compasión por las personas allí retratadas era demasiado grande. La gente atravesaba la exposición y pasaba de largo. Eran las 15:30. Quiero pensar que tenían mucho que hacer y poco tiempo para dedicar unos minutos a conocer la historia de aquellas personas.


De todos modos, ¿de qué sirve conocer esas historias, pequeños ejemplos de millones de vidas diezmadas por el SIDA? Cuando ves esas imágenes, por muy concienciado que estés del problema, sientes lástima, aunque te gustara mantenerte indiferente o no darle mayor importancia. Es un problema que siempre está ahí y al que no puedes poner remedio; mirar esas fotografías y leer esas historias sólo sirve para que te condenes, para que te preguntes una y otra vez: ¿por qué pasa esto? ¿por qué no hay más ayuda? ¿qué puedo hacer yo? Interrogantes sin sentido, ya que ninguna respuesta dará la solución. No. No puedes hacer nada para ayudar a las personas cuyo caso has conocido gracias a esta exposición, y ante eso tienes dos opciones: la primera, irte con tu compasión a otra parte, porque no quieres amargarte la existencia pensando en toda esa gente a la que ves como víctima de una enfermedad injusta; la segunda, seguir condenándote sin sentido, pensando que es cobarde e inhumano no buscar una solución por ti mismo y culpando a todas las personas que cambian de canal o no echan un vistazo a los expositores para evitar sufrir por cosas ante las que no pueden hacer nada.


He estado tomando la segunda opción hasta hace poco, enfadándome constantemente por todas las cosas que me parecen injustas y ante las que siempre pienso que puedo hacer algo, creyendo ciegamente que puedo cambiar el mundo y resolver todos los problemas que se llevan a gente inocente mientras el resto se cruza de brazos. Y, en el fondo, lo sigo haciendo; me sigo enfadando porque creo que, si somos capaces de enviar naves espaciales en busca de nuevos mundos, podemos preocuparnos más por este. No sabemos lo que hay allá afuera, no sabemos ni la mitad de lo que creemos saber sobre todas las cosas ni alcanzaremos nunca esas verdades absolutas que perseguimos; pero sabemos que aquí hay gente que sufre por muchas causas. No podemos evitar el padecimiento, no podemos salvar a todas las personas, pero si sabemos que sufren, ¿por qué no buscamos las causas? Aunque nunca lleguemos a conocerlas todas, ya conocemos muchas. ¿Por qué no ayudamos a difundirlas, si el conocimiento es poder?


Sí, sigo enfadándome, y así será durante el tiempo que me dure la moral (y esperemos que sea mucho, aunque vivamos en una sociedad cuya moralidad evoluciona de forma inversamente proporcional al desarrollo tecnológico), pero poco a poco voy aprendiendo a creer en la fuerza de los actos de cada individuo. Hay más gente que piensa como yo, más gente que quiere hacer algo útil y no limitarse a predicar su idealismo moralista. ¿Los conozco? Sólo a algunos. ¿Hace falta conocerlos? No. Lo único necesario es pasar a la acción.


¿Y cómo hacemos eso? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué queremos hacer? Haríamos más en un país pobre, vacunando a las personas, educándolas para evitar que contraigan el VIH, cuidando a los niños necesitados que han perdido a sus padres, dándoles la mano a los enfermos en los hospitales (pues no todos somos enfermeros ni maestros para aconsejarles debidamente), pero muchas razones nos anclan a Occidente. Vivimos bien aquí, ¿por qué marcharnos a lugares donde vamos a padecer, donde no tendremos hogar y donde, sin embargo, tenemos tanto que hacer? Reconozcamos nuestro egoísmo natural, pero no nos limitemos a él. Podemos hacer cosas aquí, y quizá ese sea el primer paso para marchar a esos lugares donde toda ayuda es poca. Hay problemas aquí, hay gente que muere más cerca de lo que pensamos. Todavía hay que concienciar mucho y dar apoyo y todo tipo de ayudas a los enfermos de SIDA (porque de SIDA estoy hablando en esta entrada, pero la problemática social es mucho más grande y también tenemos mucho trabajo por delante). Las tasas son preocupantes y aumentan progresivamente, pero las personas no son sólo números: cada una de ellas necesita comprensión y medios para seguir adelante. Es difícil, pero no imposible. ¿Lo intentamos? Yo quiero intentarlo.


Y, ¿por qué ahora me esfuerzo por creer en (no todas) las personas? ¿Qué ha cambiado, si sigo siendo pesimista y me enfado ante la impotencia?
Ya no me cierro a la esperanza. No hay que negarla si no la ves ni perderla si la tienes y sientes que se te escapa de entre los dedos. La esperanza no lo es todo, pero hace mucho. Por sí sola no salva vidas (¿o sí?), pero ayuda a vivir.
Supongo que por eso, la fotografía que más me impactó, para bien y para mal, fue la que veis arriba. Esa chica se está muriendo en la camilla de un hospital y su madre la ve irse cada día, pero tienen la sonrisa de quienes lo pierden todo menos la esperanza y la alegría de vivir.

domingo, 6 de junio de 2010

Observo (parte 3): Pequeños caminantes


(Imagen extraída de: http://foros.marianistas.org/attachment.php?attachmentid=1669&stc=1)

Ha pasado mucho tiempo desde que este blog comenzó su andadura, y cayó en un repentino abandono por falta de tiempo e inspiración. Su estructura, demasiado cerrada, obedece a ese deseo de mi mente de ordenar mi propio caos. De ahí que haya pasado a ser un proyecto desplazado... pero nunca olvidado.
A menudo pienso en cómo retomarlo, en qué nueva entrada ofrecer. Pienso continuamente en lo frío que es, pero a la vez, ¿qué más puedo ofrecer...? Cuando se me ha pasado por la cabeza compartir ciertos pensamientos, me lo he negado porque quiero transmitir algo serio y maduro con este blog. Por ello prefiero mostrar sólo una pequeña parte de lo que ronda por mi cabeza.

¿Qué es un miro y qué es un observo...? Incluso a mí me cuesta diferenciarlos, y caigo por ello en el error de considerar que un miro es simplemente un vistazo a algo sencillo, poco trascendental... y un observo es una excusa para lanzar una crítica social. Hay tantas cosas que ver y tantas otras que podemos detenernos a contemplar...

Por ello me gustaría volver a ofreceros una entrada que colgué en la primera parte de este blog, cuando era tan sólo "De la mente a lo demente". No recuerdo si lo consideré un miro o un observo cuando lo concebí. Sólo sé que todavía le veo sentido.



Pequeños caminantes
Desde que nacemos, iniciamos una andadura para la que no hace falta sostenerse sobre los pies. Es el principio de nuestro viaje, que puede ser un corto paseo o una larga caminata, pero en cualquier caso, toda una aventura.
No importa que creamos en la existencia de un camino o que nos abramos paso entre matorrales: andamos y andamos, con objetivos o sin ellos, con la certeza o no de que vamos a alguna parte. Seamos dueños de nuestros pasos o tengamos que acatar las órdenes de alguien que se cree con poder para determinar la senda que hayamos de recorrer, andamos, impulsados por la fuerza de buscar una meta, desafiar al destino, vivir aventuras... son tantas las conjeturas en las que pensamos para dar respuesta a la pregunta de por qué andamos... una pregunta complicada que llevamos mucho tiempo haciéndonos. ¿Qué nos hace caminar? ¿Por qué no estamos quietos? ¿Por qué vivimos? No, no debemos preguntarnos por qué vivimos todos, sino por qué vive cada uno de nosotros. Y aun así... ¿será útil hacernos esta pregunta? ¡Cuántos interrogantes! Pero no tengo la respuesta para ninguno de ellos, ni suficiente tiempo ahora para saciar mi curiosidad. Son preguntas que me llevará todo un viaje poder responder.

Durante ese viaje que con gusto prosigo, no sin encontrar obstáculos en algún momento, miro a mi alrededor y veo que no estoy sola en el camino, mas sí en mi caminar; muchos otros andan, apoyándose en su palo de madera o mostrándose virtuosos sin necesidad de bastón alguno, y pasan cerca de mí. A algunos los conozco desde el principio y me han enseñado a dar mis primeros pasos. A otros los hallé más tarde, pero llevamos tanto tiempo viajando juntos que siento que nos conocemos de mucho antes y les agradezco que me hagan mucho más llevadero este largo paseo.

Sí, cada uno de nosotros emprende su propio viaje, pues sólo su propia vida le pertenece. ¿Sólo? ¡Con una vida tienes aventuras más que suficientes! Pero que vivas una sola vida no significa que vivas solo. En tu camino encuentras a otras personas. Algunas te ayudarán cuando lo necesites y te traerán risas que recordarás en el futuro, y otras te traerán malos momentos que no recordarás con agrado pero de los que, si maduras lo suficiente para que una pizca de sabiduría florezca en ti, aprenderás al igual que aprendes de quienes tanto bien te hacen.

Hay personas que se cruzan en nuestro camino casi por accidente y que acaban convirtiéndose en valiosos compañeros que se mantienen o no como tales hasta el final; las hay que desaparecen de repente, hubiesen aparecido fugazmente o a pesar de haber compartido con nosotros un comienzo magnífico. Sólo el tiempo y nuestros pasos pueden revelarnos el futuro de nuestros encuentros, una vez se haya convertido éste en presente.

Pensemos en esas personas que nos hacen ver que no todos somos especiales y a la vez lo somos... porque todos somos caminantes, pero sólo algunos logran despertar en nosotros ciertos sentimientos que la humanidad en su totalidad no consigue inspirarnos. En mi caso, pese a mi desconfianza en la raza humana, he descubierto que hay pocas pero valiosísimas personas cuya presencia me hace creer en ellas y vivir con entusiasmo.

Somos tan pequeños... y encerramos cosas tan grandes en nosotros que resultan inabarcables. Tantas diminutas cosas en que pensar y descubrir cuán grandes pueden llegar a ser... y el mundo, pese a su grandeza exterior, es pequeño también, pues dentro de él, las minúsculas rutas de quienes andan cada día, se cruzan y permiten que nos conozcamos, que descubramos que no estamos solos y que la sola presencia de esos compañeros, desconocidos o no, tiene un gran poder, al igual que la nuestra.

P.D.- sobre la nieve que cubre el suelo, impidiéndonos ver hacia donde vamos, destacamos...

viernes, 3 de octubre de 2008

Miro (parte 3): Antihéroe al rescate


(Imagen extraída de http://imperator.files.wordpress.com/2007/03/batman.jpg)

Antihéroe al rescate

(Empecé a escribir esta entrada el Sábado 23 de Agosto de 2008, pero por falta de inspiración, he decidido cambiarla tomando como base una reflexión que escribí a mediados del año pasado sobre el mismo tema)

Desde muy pequeña, me instruyeron en el amor a los cómics de Marvel (y DC, aunque en menor medida). Si bien en mi familia nunca hubo mucho dinero para gastar en grandiosas colecciones de cómics, compraban revistas baratas sólo para leer las escasas páginas que en ellas se publicaban de Spider-man, la Patrulla-x, Los 4 fantásticos y otros superhéroes.


Me encantaba (y me sigue encantando) la Patrulla-x. Me gustaba la idea de un grupo de mutantes a los que el mundo odia y que, en lugar de devolverles el sentimiento, se unen para ayudar a aquellos que tanto los desprecian. Es una idea muy bonita, utópica... y aunque por una parte me parece bonita, por otra parte me resulta absurda e incalcanzable, ya que yo no me dedicaría a defender a gente que me detesta y que se dedica a hacerme daño. ¿Soy yo una egoísta o el altruismo de Charles Xavier es exagerado? Es un tema que me da mucho en que pensar...


El primer personaje de cómic por el que sentí auténtica devoción fue Batman. Siempre en la sombra, ¿de qué lado estaría? Era todo un misterio para mí. No sabías qué le pasaba por la cabeza a través de los ojos blancos que su siniestra máscara dejaba ver. El espíritu de la venganza, de la justicia de cada uno... alguien que investigaba los crímenes y atormentaba a los delincuentes... en el ambiente de la podrida Gotham City... por supuesto, de pequeña no podía comprender el espíritu tenebroso de este personaje, pero me gustaba su estilo. Bueno, luego una crece y se da cuenta de que llevar los calzoncillos por encima del pantalón le resta mucho atractivo al traje, pero me gustaba su capa, su máscara, sus armas, su coche, sus métodos contundentes... Con el tiempo fui comprendiendo que Batman es mucho más que un tío vestido de murciélago que da miedo. Es un personaje muy profundo cuando le encuentra un guionista que te hace creer en él. Es un hombre que obra conforme a sus principios en su eterna búsqueda de justicia.


Entonces llegó Lobezno y desbancó a Batman. El traje de Lobezno tenía similitudes con el de Batman (si exceptuamos que el más popular es amarillo), pero no era eso lo que más me gustaba. Lo que me encantaba de Lobezno era que se trataba de un tío que se definía a sí mismo como bajito, feo y peludo, y no dudaba en decir: eh tíos, aquí estoy yo. Lobezno imponía sin ser un sex symbol o un armario empotrado. Lo veías aparecer y antes de que sacara las garras, sabías que le cogerían miedo. Esa idea me inspiró muchísimo en mi infancia, tanto que dejó a Batman en segundo lugar; y podría explayarme mucho más hablando de Lobezno, de su eterna lucha consigo mismo para dominar sus instintos más salvajes, pero me desviaría del tema y convertiría esta entrada en una oda al personaje.


Tanto Lobezno como Batman son antihéroes, personajes demasiado oscuros para ser considerados héroes y demasiado nobles para ser villanos. No les importa lo que pienses de ellos, sólo obrar conforme a su conciencia y convicciones, o al menos es lo que tratan de aparentar. En el fondo les preocupa estar convirtiéndose en los monstruos que tratan de combatir. Tienen un profundo sentido de la justicia, pero su forma de ver el mundo y de hacer las cosas es demasiado radical y chocan con personajes que defienden unos valores morales consensuados. Los antihéroes respetan (o no) las convenciones sociales, pero no tienen por qué compartirlas. Trabajan solos aunque formen parte de un grupo, porque nunca llegan a sentirse parte de él. Y si no hacen lo que quieren hacer, si no hacen lo que su corazón les dice, no se quedan con la conciencia tranquila. Y es que tienen conciencia, sí señor. Lúgubre, mutilada... pero la tienen. Y quizás la tengan más clara que muchos héroes, pese a sus constantes conflictos interiores.


¿Por qué gustan los antihéroes? ¿Por qué Batman rivaliza con Superman? ¿O por qué Lobezno tiene más seguidores que Cíclope, siendo éste el líder original de la Patrulla - X?

Desde mi punto de vista, es más fácil identificarse con los antihéroes porque los guionistas trabajan mucho el lado humano de estos personajes, de modo que vemos sus imperfecciones y las comprendemos, quizá incluso nos veamos reflejados. Son personajes menos planos o estereotipados que un héroe totalmente bondadoso o un malo malísimo. No obstante, un antihéroe en manos de un mal guionista puede aparecer como el chico rebelde que no acepta lo establecido y convertirse en un arquetipo recurrente, por lo que si uno de estos personajes aparece como sublime, es porque al guionista le encanta y ha trabajado muy duro para convertirlo en la estrella del cómic (o libro, porque son personajes que aparecen en todo tipo de representaciones culturales, pero yo he querido centrarme en los cómics). Luego los antihéroes están sujetos a los caprichos de los guionistas, que nos los muestran como una especie de héroes alternativos, y tenemos multitud de ejemplos en el mundo del cómic: Marv en Sin City; Frank Castle en The Punisher; Hellboy en la serie del mismo nombre; V en V de Vendetta, etc. Si lo pensamos fríamente, algunos de estos personajes podrían ser villanos perfectamente porque sus métodos no se caracterizan precisamente por ser éticos, pero muchos los admiramos en lugar de condenarlos. ¿Se debe esto a que son ficticios o a la forma que tienen los distintos autores de ensalzar sus figuras?

Pero no quisiera despreciar a los héroes y villanos comunes del cómic. Los primeros también me gustan en muchos casos (Daredevil, Coloso, Spider-man) porque admiro su capacidad para ver el mundo de una manera tan pura. Admiro su capacidad para perdonar, o para hacer lo que creen correcto o justo sacrificándose ellos mismos (esta característica la comparten con los antihéroes), y a la vez no la entiendo porque tiendo a pensar que su bondad es demasiado forzada para ser real (en algunos casos). Respecto a los villanos, suelen gustarme más que los héroes cuando son buenos villanos (Magneto, Joker). Me gusta ver cómo han llegado a ser lo que son, porque en el fondo son muy parecidos a los héroes. La diferencia está en que han seguido el mismo camino que ellos sólo hasta cierto punto. Caminan por un tramo diferente del suyo, decisivo para transformarse en algo aparentemente distinto. Sobre la metáfora del camino, suele decirse que los villanos se desvían. Yo me pregunto quién se desvía: si ellos o los héroes.

Creo que por lo que me gustan más los antihéroes es porque están siempre entre el bien y el mal, dejándose llevar por sus ideales y sus creencias como lo haría cualquier héroe y desafiando los límites como lo haría cualquier villano. Pero esta es sólo mi opinión.



sábado, 14 de junio de 2008

Miro (parte 2): Érase una vez en Territorio Comanche



Érase una vez en Territorio Comanche

¡Puf! Es lo único que se me ocurre decir después de todo este tiempo sin actualizar. Llevo días intentándolo, pero no hay manera. Se me ocurren muchos temas de los que hablar y ninguno me convence para dedicarle una entrada, porque me parece que he escrito sobre ellos hasta la saciedad, o que en general los tenemos todos hasta en la sopa y no merece la pena volver sobre las mismas cosas de todos los días...

Cuando empecé con el blog, y concretamente con su primera parte, ya sabía que actualizaría de forma irregular (o como comúnmente se dice, de uvas a peras). Hay muchas razones que nos impiden escribir un blog diariamente, como la falta de tiempo, algo que a mí me persigue hasta en vacaciones porque constantemente estoy haciendo cosas. Luego está la inspiración, que viene y va y tienes que estar alerta para cazarla cuando aparece. Aparte, el hecho de que este blog siga una estructura y una temática alejada de una crónica diaria de mis andanzas, me restringe bastante. Reconozco que soy muy exigente con este blog, pero sé por experiencia que mis blogs suelen convertirse en un cajón desastre, y este proyecto empezó como una idea más seria y ordenada, así que intento que siga en su línea (cosa que me está costando horrores).

La verdad es que me apetecía escribir una entrada menos profunda (que estamos de vacaciones, hay que dejar descansar a la mente), así que os voy a contar una pequeña historia.

Hace unos meses, me compré un libro tras el que llevaba un tiempo: Territorio Comanche, de Arturo Pérez-Reverte. Es un libro muy breve, de los que podrías leer en media hora perfectamente. Sin embargo, me ha llevado días acabarlo. Últimamente me cuesta un poco más leer, porque durante el curso he perdido la bonita costumbre que tan arraigada tenía de acostarme y ponerme a leer hasta quedarme dormida con el libro en la cara... pero no me costó acabarlo por eso. Ni porque no me gustara. Al contrario: es un libro para recordar, entre otras cosas porque no te puedes quedar indiferente tras su lectura. Un libro que no te deja que lo olvides. Pero es un libro duro desde la primera página, porque sin que nadie te lo diga, sin necesidad de leer una sinopsis, sabes que lo que vas a leer es la crónica de alguien que estuvo allí.

Mi intención no es hacerle propaganda al libro. No voy a deciros: "leedlo, porque es impresionante, lo mejor que he leído en mi vida, un libro que me ha conquistado"... os lo recomiendo si no lo habéis leído, pero tened en cuenta en todo momento que está contado desde un punto de vista subjetivo, por lo que quizá haya cosas que no os gusten. Puede que ni siquiera os guste el escritor. Eso ya es cosa vuestra, el caso es que el libro me hizo pensar en algo, y es que
en algún momento, me planteé ser periodista, estando todavía a medias de la ESO. Igual que pensé en periodismo, pensé en ser dibujante de cómics, vamos, que no me veía con vocación, pero pasé unos meses pensando en cómo sería mi vida como periodista. Antes de pensar en que estaría comiéndome los mocos hasta encontrar trabajo, me vi como columnista en algún periódico de tirada nacional, porque siempre he sido de apuntar alto. Hasta ahí, no pintaba mal la cosa, pero me vi de reportera de guerra. Reconozco que la idea me infundió respeto. También cierta admiración. Finalmente, pensé en el oportunismo de los periodistas, me enfadé y se acabó el prometedor futuro como periodista que llevaba fraguando en mi mente durante ese tiempo.

Pensé en los corresponsales de guerra y en su trabajo. A veces nos enfadamos cuando se recrean en mostrarnos la crueldad de la guerra, siempre de forma subjetiva, según las exigencias de la cadena de televisión, por el uso partidista que le damos a todo. Nos escandalizamos cuando leemos o vemos El americano impasible o cuando escuchamos anécdotas sobre los periodistas, lanzándose como buitres sobre los cadáveres y sobre los llantos. Pero también pensé en la sangre fría que hay que tener para ir a ver pasar las balas por delante de ti. Y todo para que tus jefes tengan la exclusiva.

Desde luego, una cosa no quita la otra, pero algo hay que tener para ser corresponsal de guerra. Algo hay que tener para meterse en la boca del lobo, en el campo de batalla, en "territorio comanche". Y no creo que lo tenga cualquiera.

domingo, 25 de mayo de 2008

Observo (parte 1): Egoísmo


Egoísmo

egoísmo.

(Del lat. ego, yo, e -ismo).

1. m. Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás.


(Fuente: Real Academia de la Lengua Española)


Hace unas semanas hablaba con un amigo de si desear que tus seres queridos sean felices es egoísta o no.
Somos animales sociales. Interaccionamos con nuestros congéneres y podemos llegar a crear lazos de amistad y familiaridad. Apreciamos a otros y queremos que estén bien, que se sientan a gusto. ¿Por qué? Lo más sencillo es responder: porque los amamos. Pero consideremos que a nosotros nos gusta verles bien; el hecho de que nos guste, de que nos reporte satisfacción, da a entender que no sólo pensamos en ellos, sino que también nos importa nuestro propio estado de ánimo. La alegría de nuestros seres queridos se traduce en bienestar para nosotros mismos. Es natural, buscamos sentirnos bien constantemente, y si pudiésemos experimentar esa sensación estando mal aquellos a los que apreciamos, seríamos fríos o incluso egoístas... pero, en cierto modo, nosotros queremos que nuestros amigos y familiares sean felices para ser felices nosotros. ¿No sería también eso egoísmo?

Evidentemente, no pensamos en querer a los demás para nuestro propio beneficio. No somos seres completamente racionales que hagan un cálculo de costes y beneficios antes de emprender cualquier acción. Nuestros instintos nos preceden y no podemos controlarlos, por lo que no podemos elegir amar o no amar. Por todo esto y por nuestra tendencia a aumentar nuestro placer y reducir nuestro dolor, el egoísmo es algo que nos viene dado por naturaleza. Sin embargo, tiene una connotación muy negativa que nos viene dada por un modelo clásico de moral.

El egoísmo, ¿es "malo"? ¿es un defecto? A mi parecer, es simplemente un instinto cuyo efecto perjudicial reside sólo en su manifestación excesiva. Es decir, todos y cada uno de nosotros somos egoístas. Negar nuestro egoísmo sería negar una parte de nosotros con la que hemos de convivir. Pero dejar que el egoísmo conduzca todas nuestras acciones y justificar este hecho aludiendo a que es una actitud natural, no es nunca la solución. No pienso que haya que condenar el egoísmo y considerarlo un defecto a corregir mediante actitudes altruistas en ocasiones de carácter idílico, sino que debemos ser conscientes de que, aunque siempre nos acompañe como tantas otras emociones, nunca debemos llevarlo al extremo.

¿Y vosotros, qué pensáis del egoísmo?

(Gracias a Ángel, que nunca me deja comentarios y dice que soy una escritora críptica, por la conversación que inspiró esta entrada)

jueves, 15 de mayo de 2008

Miro (parte 1): Especialización


Especialización

A día de hoy, disponemos de medios que deberían ayudarnos a establecer una educación de calidad, una educación de la que estar orgullosos y que nos permitiera igualarnos a Europa (esa meta que nos fijamos para todo lo que hacemos); sin embargo, nos encontramos una y otra vez ante la misma situación: tenemos uno de los peores niveles educativos del continente. Se suceden las reformas educativas en un intento de que las aulas no se masifiquen de alumnos repetidores y lo único que se consigue es desorientar a los estudiantes, que no saben ya con cuántos suspensos pueden pasar de curso, si tienen que elegir itinerario desde la ESO o si cuando terminen la carrera van a tener una licenciatura o un grado.

Nuestros mayores nos hablan de sus tiempos, unos tiempos que parecen cada vez más lejanos debido a las enormes diferencias que tienen con la actualidad. ¡Cuántas veces habré oído decir que antes uno tenía que saber de todo! Al parecer, antes daba igual que fueses de letras o de ciencias, porque de las dos cosas tenías que saber, y si nos remontamos a la Antigüedad, encontramos que los grandes filósofos recibían una cuidada formación en todas las materias (no olvidemos que uno de los requisitos para entrar en la Academia de Platón era conocer las matemáticas). Todavía hoy premiamos a las figuras que, destacando en un campo concreto, tienen conocimientos de otras ciencias, lenguas y artes.

Pero aun así, nos encaminamos hacia la especialización. Cierto es que la división de tareas nos permite aumentar nuestra eficiencia en la realización de una actividad determinada, pero esto, llevado al extremo, da como resultado profesionales en áreas muy delimitadas que son completamente nulos en otras.

Que conste que no defiendo el aprendizaje de todas las materias por igual; de hecho, reconozco entre las ventajas de la especialización que me permita prestar más atención a ciertas asignaturas mientras que no vuelvo a ver otras que me parecen muy complicadas, y esto seguramente sea beneficioso para muchas otras personas que no se sienten capacitadas para aprender a desarrollar determinadas actividades. Pero sí pienso que se nos debería educar en todo a un nivel básico o incluso medio y no hacernos elegir un itinerario que determinará nuestros estudios superiores (si queremos seguir estudiando) ya en secundaria.

Y el problema no termina ahí. Se habla continuamente de la LOU y de las reformas de la misma, del Plan Bolonia... y, concretamente, se habla del paso de licenciaturas y diplomaturas a grados. Hay carreras que van a desaparecer, y los grados parecen ser la reducción de las mismas a una formación general en determinadas materias que deberíamos completar (nunca es obligatorio, pero sí muy recomendable si tenemos vistas a trabajar en lo que hemos estudiado) con un postgrado que nos permitirá especializarnos después de cuatro años (porque será la duración estándar de las carreras) de universidad. Sin hablar de la posible sustitución de becas por préstamos a devolver una vez hayamos terminado, que ese es otro tema que no viene al caso. En definitiva, dentro de unos años no bastará con estudiar una carrera, porque quienes más se especialicen, serán los que más posibilidades tengan de encontrar un trabajo con buenas condiciones.

Me vienen a la cabeza diversas preguntas sobre este tema, y en todas las respuestas pinta algo Don Dinero, del que bien decía Quevedo que era "poderoso caballero"; así que lanzo al aire esta otra:

¿Es símbolo de eficiencia ser erudito en un tema e ignorante en otros mil?