(Imagen extraída de: http://paladinorder.files.wordpress.com/2008/11/paladin.jpg)
Cuando fui caballero
Cuando era pequeña, fui muchas cosas. Para empezar, era un chico, y surqué los mares a bordo de un barco del que era el capitán. También fui jefe del mundo mundial, como diría Manolito Gafotas. Fui superhéroe o supervillano, según me había ido el día, y a veces, sólo a veces, me convertía en un tiburón, para nadar solitario y alejarme de la pesada humanidad.
Pero hoy me apetece hablaros de cuando fui un noble caballero que se enfrentaba en torneos y se ganaba ovaciones y admiración, de cuando los enemigos trataban de asaltar nuestro castillo con catapultas y nosotros los deteníamos siempre, porque éramos más fuertes y justos, y merecíamos ganar. Mi caballo era negro, y mi armadura, la más sencilla, pero también la más hermosa. Mi espada era mágica y mi valor era tan grande que todos me respetaban y buscaban mi ayuda. Siempre me aburrió rescatar princesas y detestaba matar dragones, a los que defendía de mis compañeros, por lo que a veces se enfadaban conmigo, pero el rey siempre me daba la razón.
Pero los años pasaron, y a medida que crecía y aprendía el significado de la nobleza, de la justicia y del valor, me fui dando cuenta de que probablemente era el único caballero de todo el reino que sabía lo que era eso. Por eso me cansé de defender aquel estandarte de colores, y luego de romperlo, me marché. Y mis compañeros, las damas y el mismo rey me abuchearon y se acabaron olvidando de mí.
Aunque, ¿sabéis una cosa? La vida de caballero errante tiene sus ventajas, porque se puede ser un caballero y una chica al mismo tiempo. Y tus compañeros no se ríen de ti por ello, porque no tienes compañeros. Quienes quieran estar a tu lado ahora serán amigos, que compartirán o no tus principios, pero en cualquier caso, los respetarán.
Así que este caballero sigue acudiendo a justas, y sigue yendo a la guerra, luchando en su propio bando, con su propio ejército, por su propia bandera. Y mi caballo sigue siendo negro, y mi armadura sigue siendo la más sencilla, y para mí, la más hermosa.
(Imagen extraída de https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEh4qRIiEmeVpng0dbN0hCUvtFyUJAE8JDGpTljGtJ-RkKjBthO793b1Q-455K7A1gLy2_RiSNWahdqMIDJssLyaqFU4aSLBV7hmy0ZanFFCmor0g3uFB_V7FYp41DlvNYFgSlW30KOLTqxb/s400/Aabf15.jpg)
Cosas del arte
No me considero una persona con grandes conocimientos artísticos. Me gusta ver exposiciones siempre que tengo ocasión, hay estilos que me atraen más y otros menos, y tengo mis artistas favoritos, todos bastante conocidos. Artistas cuyas obras llevan años o incluso siglos deslumbrándonos, pues jamás imaginamos que un hombre, o una mujer, pudiera crear algo tan expresivo, tan vivo, tan difícil de explicar que sólo disfrutándolo podemos comprenderlo.
Hay muchísimas formas de crear arte. La pintura, la escultura, la escritura, la música... todos son cauces para expresar nuestra sensibilidad. Las técnicas y las ideas se renuevan constantemente, pues cada mente es un mundo que puede ofrecernos sorprendentes creaciones. Y, como todo aquello que forma parte de nosotros, el arte se da la mano con los tiempos, y en cada momento, surgen distintas corrientes. Y una de ellas es el arte contemporáneo, del cual he tratado de informarme todo lo que he podido, pero me temo que no sólo no lo comprendo, sino que tampoco puedo apreciarlo.
No dudo que cada cual tendrá su forma de expresarse a través de sus obras, pero francamente, el arte contemporáneo, hablando en términos generales, me parece absurdo. No pretendo ofender a nadie, y de ahí que utilice este calificativo cuando reconozco que en ciertas ocasiones me vienen a la cabeza otros apelativos menos amables, pero es lo que pienso. Por supuesto que he encontrado excepciones que me han gustado, pero lo normal es que, viendo este tipo de obras me pregunte si es que a estas alturas cualquier cosa puede ser considerada arte. No puedo evitar acordarme de ese capítulo de los Simpsons en el que Homer intenta armar un kit de barbacoa y termina creando un estropicio que sorprende a una entendida del mundo del arte contemporáneo. La crítica a esas obras que muchos no alcanzamos a comprender es compartida por individuos que probablemente no tengamos conocimientos suficientes para juzgar desde un punto de vista fundamentado en el academicismo, pero sí criterio propio para discernir lo que nos parece arte y lo que no.
Y entonces llegamos a la temida cuestión. ¿Qué es el arte? Según la segunda definición ofrecida por la Real Academia de la Lengua Española, que me parece la más adecuada para el tema tratado, se llama arte a la "manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros". De acuerdo a esta definición, el arte contemporáneo no podría ser más puro, pues ofrece una visión totalmente subjetiva que tan sólo puede ser explicada al espectador, ya que no seremos capaces de captar la esencia que el mismo artista vuelca en su obra. No obstante, creo que muchas veces el arte contemporáneo es el pretexto perfecto para cultivar fama en determinados círculos, a base de mostrar un puñado de objetos acompañados de un discurso para explicar algo que difícilmente nos evocará un sentimiento.
Pero... ¿a qué llamamos arte? ¿Quién decide lo que es arte y lo que no? Tal vez sólo sea una etiqueta para designar aquello que ha sido creado para transmitir. Y, por ello, cuando disfruto de una obra, sea considerada artística o no, es porque me ha evocado algo, algo que ni siquiera el propio autor puede explicarme. Simplemente es una imagen, una palabra, una nota de música que ha llegado a mi interior y ha conectado con una parte de mí. Algo que me sorprende por su perfección, por la exactitud con la que expresa lo que he tratado de imaginar, por la genialidad con la que retrata una criatura o una emoción. Algo que podemos apreciar, tengamos estudios o no, porque tenemos alma. Y no necesitamos que se nos diga lo que estamos viendo o escuchando, porque lo estamos sintiendo.
(Imagen extraída de: http://sp4.fotolog.com.br/photo/36/56/114/poryparaty/1222101807910_f.jpg)
Máscaras y fantasmas
Todos hemos llevado alguna vez una máscara, sea de papel, de plástico o de palabras. La hemos llevado siendo niños pequeños o niños grandes, en carnavales, en una fiesta de disfraces, en una cita o en nuestro primer día de trabajo. Hay cientos de ocasiones para lucirla, y miles de motivos para llevarla, pero lo que hemos de reconocer es que, hayan sido cinco minutos o toda una vida, en algún momento nos la hemos puesto, por voluntad propia o porque sentíamos que no nos quedaba más remedio.
Nos ponemos máscara para camuflarnos, para no mostrarnos como verdaderamente somos. Puede que lo hagamos porque temamos el rechazo de los demás ante nuestra forma de ser o de actuar, o porque nosotros mismos no queremos reconocer parte de nuestra naturaleza. Un buen disfraz puede engañar a los ojos de los demás, causando espanto, asombro... infinidad de sensaciones. A veces, no genera las reacciones que pretendíamos obtener, y por ello hemos de ser consecuentes a la hora de ponernos una máscara, pues no podremos controlar todos los factores y debemos ser conscientes de que las cosas pueden no salir como nos gustaría.
Pero el verdadero problema no es lo que los demás piensen de nosotros, sino que la imagen que uno construye para sí mismo cobre más importancia de lo debido, o más bien, adopte un rol que, en principio, no tenía. Me refiero a cuando nos sentimos tan sumamente cómodos con la seguridad que nos proporciona nuestra máscara que acabamos creyéndonos el papel que representamos. También puede darse el caso de que nos hagamos dependientes de ella, aunque seamos conscientes de que no somos realmente como nos empeñamos en mostrarle al resto del mundo, y la idea de quitárnosla nos genere ansiedad. Las dos situaciones suponen negarnos a nosotros mismos, convertirnos en fantasmas que vagan tras haber perdido lo que una vez fueron.
Llevar una máscara no tiene por qué ser malo. Aparentar más fuerza de la que se tiene, o hacer creer a medio mundo que lo tenemos todo muy claro no tiene por qué ser peligroso. A veces, lo hacemos simplemente porque lo necesitamos, porque creemos que así vamos a sentirnos mejor, o vamos a poder enfrentarnos a las situaciones que se nos presenten con más confianza en nosotros mismos. El peligro reside en no aceptarnos tal y como somos, en creer que nuestra auténtica esencia es inferior al disfraz que lucimos. En dejar de actuar como realmente lo haríamos porque pensamos que no gusta a nadie. En preocuparnos más por la idea que otros tienen de nuestra persona en lugar de dedicarnos a cultivar nuestro ser, madurar y forjar una reputación basada en nuestros actos, pensamientos y valores más sinceros.
A lo largo de nuestra vida, podemos llevar cientos de máscaras diferentes, pues nuestra personalidad es mutable y también nuestras necesidades. Todos somos susceptibles de cambiar en función de las circunstancias que se nos presenten, ya que ellas son las que van forjando nuestro carácter, al margen de características innatas explicadas por teorías de diversos tipos que no procede tratar aquí. No puedo evitar mencionar la máxima marxista de "el ser social determina la conciencia", puesto que las estructuras sociales juegan un papel muy importante en la formación de la persona y de sus estrategias de supervivencia, de las que las máscaras forman parte.
Cada paso que damos en la vida es crucial y nos diferencia del resto. No hay dos individuos idénticos, por muchos ejemplos que existan sobre medias naranjas, dobles ocultos o gemelos unidos. Podemos imitar, pero jamás replicar. Porque somos imperfectos y únicos, y eso es lo que tenemos que entender. No conseguimos nada admirando o envidiando ciertos rasgos de otros seres humanos, deseando ser como ellos hasta puntos obsesivos en los que recurrimos a la creación de máscaras que anulan nuestra naturaleza. Tenemos que intentar conocernos, lidiar con aquellas partes de nosotros que no nos gustan y que, en la mayoría de los casos, no podemos cambiar, o al menos, no a corto plazo, porque nos hemos moldeado y hemos sido moldeados de una determinada forma a lo largo de los años. Tenemos que tratar de apreciarnos, sentirnos más o menos a gusto con cómo somos. Mostrarlo o no a los demás es decisión nuestra y sólo nuestra. Pero merece la pena planteárselo, porque seguramente haya muchas personas dispuestas a valorar lo que hay bajo la máscara.
(Imagen extraída de: http://www.nomasviolenciacontramujeres.cl/files/images/Bratz-Fabulous.jpg)
Hace un par de semanas vi por primera vez un spot publicitario de Campofrío. Probablemente, muchos de vosotros lo hayáis visto. Trata de una chica que, cansada de ver cómo cientos de muñecas clónicas y cargadas de maquillaje pasan por la cinta transportadora camino a los centros comerciales, decide fabricar una muñeca sencilla, que no necesita presumir de una belleza artificialmente conseguida. Una muñeca que, frente al "soy muy guapa" que las demás se dedican a sí mismas, ríe y dice: "eres única".
No soy una persona especialmente susceptible a la publicidad, salvo para observar con ojo excesivamente crítico todo anuncio que pasa ante mí y me pilla sin nada que hacer. Y aquel anuncio logró que exclamase lo bonito que me parecía. Sí, bonito es el mejor adjetivo que tengo para calificarlo, porque me sorprendió la naturalidad con la que contaba aquella pequeña y tierna historia. Pero, sobre todo, lo que me gustó de ese anuncio es que me hizo sentirme identificada como mujer.
La imagen que se da de la mujer en la mayoría de anuncios, películas y, en general, productos, no me gusta. De hecho, llega a indignarme. Normalmente se asocian unos colores, unos rasgos personales, un físico, unas determinadas aspiraciones, etc. Y nunca me siento identificada con lo que se supone que es una mujer, o con lo que nos venden que es una mujer. Por eso, cuando veo un anuncio cuya representación de la mujer me produce la más mínima identificación, me llama la atención. Puedo comprender que muchas otras mujeres se sientan identificadas con la imagen que se da de ellas; de hecho, me parece lógico. A fin de cuentas, se trata de elaborar un estereotipo que pueda englobar a la mayoría de las representantes de su género. Pero como suelo buscarle los tres pies al gato, muchas veces contra mi voluntad, suelo ver en esos anuncios un gran vacío respecto al resto de mujeres que no nos sentimos identificadas con el modelo que nos proponen, y comienzo a divagar sobre el prototipo de mujer que se pretende extender.
Una vez más, os ofrezco una entrada breve, cuyo contenido no va más allá de mi opinión sobre un tema bastante simple. No hay por qué hacer un ejercicio magistral de prosa, ni pretendo ofrecer conclusiones que parezcan verdades universales. Sólo quería comentar que un día descubrí un anuncio que me gustó y me sentí identificada con una muñeca que no usa kilos de maquillaje ni caros vestidos.
Son días de alegría para el deporte español. Mañana, nuestro equipo jugará la gran final contra Holanda. Como la mayoría de mis amigos, he vivido pocos mundiales, pues no tengo (todavía) edad para recordar demasiados partidos, pero los que he podido disfrutar, lo he hecho con toda mi energía, siguiendo la tradición futbolera que me viene de familia y de la que he renegado, dejando de seguir los partidos nacionales, pero manteniéndome fiel a la Selección Española y animándola frente al resto del mundo.
No soy una forofa de los deportes, pero los disfruto. No me gusta todo el negocio que conllevan, las enormes cantidades de dinero que circulan con la compraventa de jugadores o de equipamientos, ni el hecho de que un gol llene portadas de periódicos y dé inicio a los informativos, dejando un pequeño espacio para noticias infinitamente más importantes. Me da rabia pensar en la cantidad de personas que se movilizan para animar a un equipo en lugar de unirse para defender los derechos que dicen reclamar, y río irónica al descubrir que estos días no existe la crisis. Pero la verdad es que sin pequeñas grandes alegrías como esta, nos volveríamos locos. Valoro la alegría que se respira, el hecho de que compartamos temas más alegres que nuestra constante indignación por numerosos aspectos de nuestra sociedad. Y también valoro que estos días podamos lucir nuestra bandera con orgullo.
Pienso que una bandera es un trozo de tela. Un símbolo que vale lo que nosotros queramos que valga y por el que no se debería morir ni matar. Pero sé lo que es defender algo que valoras, en lo que crees, y que te ayuda a mantenerte en pie en unas circunstancias determinadas. Y necesitamos banderas, sean de países o de la causa que deseemos simbolizar. Porque una bandera nos recuerda muchas cosas que conviene tener presentes, sea de donde vengamos o lo que queremos representar. Pero se me ha enseñado que llevar la bandera de España significa seguir anclado al franquismo, y por ello, no puedes llevarla sin que recaiga sobre ti ese estigma.
No tengo necesidad de reivindicar de dónde vengo, pero, ¿por qué no puedo sentirme orgullosa de ser española? ¿Por qué hemos de valorar más lo que viene de otros países en lugar de darnos cuenta de lo que nosotros tenemos? ¿Por qué estos días, en los que animamos a nuestro país en el deporte, todavía hay personas que se escandalizan al ver tantas banderas españolas juntas?
Pienso que no estamos haciendo daño a nadie, y que no debemos seguir negándonos siempre el derecho a enorgullecernos, por una vez, de los logros de España, aunque sean en un terreno aparentemente banal como es el deporte.
Siento la flojera de esta entrada, pero necesitaba expresarlo sin andarme con rodeos.
De nuevo, rescato una vieja entrada... publiqué la original hace poco más de dos años, en mi antiguo blog, tras descubrir una exposición de fotografía sobre el VIH mientras vagaba con dos compañeros por la universidad en busca de un cajero.
La exposición consistía en un viaje por todo el mundo, a través de fotografías de enfermos de SIDA de cada continente. Muchos de ellos eran sólo sombras, o manos que cubrían caras, por miedo a ser reconocidos. Todas eran fotografías de historias, de vidas. Aún recuerdo bastantes de aquellas imágenes... pero hubo una que me quedé mirando, porque verdaderamente me llegó al alma. Es la que veis arriba. Una madre velando a su hija, seriamente deshidratada, en un precario hospital. Pero ríen...
Recuerdo que nadie nos había avisado de la existencia de aquella exposición. También recuerdo que sólo nosotros estábamos prestando atención a las fotografías, y que nos quedamos totalmente callados. La gente curioseaba y rápidamente se marchaba, algunos por prisas, otros por desinterés o porque la compasión por las personas allí retratadas era demasiado grande. La gente atravesaba la exposición y pasaba de largo. Eran las 15:30. Quiero pensar que tenían mucho que hacer y poco tiempo para dedicar unos minutos a conocer la historia de aquellas personas.
De todos modos, ¿de qué sirve conocer esas historias, pequeños ejemplos de millones de vidas diezmadas por el SIDA? Cuando ves esas imágenes, por muy concienciado que estés del problema, sientes lástima, aunque te gustara mantenerte indiferente o no darle mayor importancia. Es un problema que siempre está ahí y al que no puedes poner remedio; mirar esas fotografías y leer esas historias sólo sirve para que te condenes, para que te preguntes una y otra vez: ¿por qué pasa esto? ¿por qué no hay más ayuda? ¿qué puedo hacer yo? Interrogantes sin sentido, ya que ninguna respuesta dará la solución. No. No puedes hacer nada para ayudar a las personas cuyo caso has conocido gracias a esta exposición, y ante eso tienes dos opciones: la primera, irte con tu compasión a otra parte, porque no quieres amargarte la existencia pensando en toda esa gente a la que ves como víctima de una enfermedad injusta; la segunda, seguir condenándote sin sentido, pensando que es cobarde e inhumano no buscar una solución por ti mismo y culpando a todas las personas que cambian de canal o no echan un vistazo a los expositores para evitar sufrir por cosas ante las que no pueden hacer nada.
He estado tomando la segunda opción hasta hace poco, enfadándome constantemente por todas las cosas que me parecen injustas y ante las que siempre pienso que puedo hacer algo, creyendo ciegamente que puedo cambiar el mundo y resolver todos los problemas que se llevan a gente inocente mientras el resto se cruza de brazos. Y, en el fondo, lo sigo haciendo; me sigo enfadando porque creo que, si somos capaces de enviar naves espaciales en busca de nuevos mundos, podemos preocuparnos más por este. No sabemos lo que hay allá afuera, no sabemos ni la mitad de lo que creemos saber sobre todas las cosas ni alcanzaremos nunca esas verdades absolutas que perseguimos; pero sabemos que aquí hay gente que sufre por muchas causas. No podemos evitar el padecimiento, no podemos salvar a todas las personas, pero si sabemos que sufren, ¿por qué no buscamos las causas? Aunque nunca lleguemos a conocerlas todas, ya conocemos muchas. ¿Por qué no ayudamos a difundirlas, si el conocimiento es poder?
Sí, sigo enfadándome, y así será durante el tiempo que me dure la moral (y esperemos que sea mucho, aunque vivamos en una sociedad cuya moralidad evoluciona de forma inversamente proporcional al desarrollo tecnológico), pero poco a poco voy aprendiendo a creer en la fuerza de los actos de cada individuo. Hay más gente que piensa como yo, más gente que quiere hacer algo útil y no limitarse a predicar su idealismo moralista. ¿Los conozco? Sólo a algunos. ¿Hace falta conocerlos? No. Lo único necesario es pasar a la acción.
¿Y cómo hacemos eso? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué queremos hacer? Haríamos más en un país pobre, vacunando a las personas, educándolas para evitar que contraigan el VIH, cuidando a los niños necesitados que han perdido a sus padres, dándoles la mano a los enfermos en los hospitales (pues no todos somos enfermeros ni maestros para aconsejarles debidamente), pero muchas razones nos anclan a Occidente. Vivimos bien aquí, ¿por qué marcharnos a lugares donde vamos a padecer, donde no tendremos hogar y donde, sin embargo, tenemos tanto que hacer? Reconozcamos nuestro egoísmo natural, pero no nos limitemos a él. Podemos hacer cosas aquí, y quizá ese sea el primer paso para marchar a esos lugares donde toda ayuda es poca. Hay problemas aquí, hay gente que muere más cerca de lo que pensamos. Todavía hay que concienciar mucho y dar apoyo y todo tipo de ayudas a los enfermos de SIDA (porque de SIDA estoy hablando en esta entrada, pero la problemática social es mucho más grande y también tenemos mucho trabajo por delante). Las tasas son preocupantes y aumentan progresivamente, pero las personas no son sólo números: cada una de ellas necesita comprensión y medios para seguir adelante. Es difícil, pero no imposible. ¿Lo intentamos? Yo quiero intentarlo.
Y, ¿por qué ahora me esfuerzo por creer en (no todas) las personas? ¿Qué ha cambiado, si sigo siendo pesimista y me enfado ante la impotencia? Ya no me cierro a la esperanza. No hay que negarla si no la ves ni perderla si la tienes y sientes que se te escapa de entre los dedos. La esperanza no lo es todo, pero hace mucho. Por sí sola no salva vidas (¿o sí?), pero ayuda a vivir. Supongo que por eso, la fotografía que más me impactó, para bien y para mal, fue la que veis arriba. Esa chica se está muriendo en la camilla de un hospital y su madre la ve irse cada día, pero tienen la sonrisa de quienes lo pierden todo menos la esperanza y la alegría de vivir.
(Imagen extraída de: http://foros.marianistas.org/attachment.php?attachmentid=1669&stc=1)
Ha pasado mucho tiempo desde que este blog comenzó su andadura, y cayó en un repentino abandono por falta de tiempo e inspiración. Su estructura, demasiado cerrada, obedece a ese deseo de mi mente de ordenar mi propio caos. De ahí que haya pasado a ser un proyecto desplazado... pero nunca olvidado.
A menudo pienso en cómo retomarlo, en qué nueva entrada ofrecer. Pienso continuamente en lo frío que es, pero a la vez, ¿qué más puedo ofrecer...? Cuando se me ha pasado por la cabeza compartir ciertos pensamientos, me lo he negado porque quiero transmitir algo serio y maduro con este blog. Por ello prefiero mostrar sólo una pequeña parte de lo que ronda por mi cabeza.
¿Qué es un miro y qué es un observo...? Incluso a mí me cuesta diferenciarlos, y caigo por ello en el error de considerar que un miro es simplemente un vistazo a algo sencillo, poco trascendental... y un observo es una excusa para lanzar una crítica social. Hay tantas cosas que ver y tantas otras que podemos detenernos a contemplar...
Por ello me gustaría volver a ofreceros una entrada que colgué en la primera parte de este blog, cuando era tan sólo "De la mente a lo demente". No recuerdo si lo consideré un miro o un observo cuando lo concebí. Sólo sé que todavía le veo sentido.
Pequeños caminantes
Desde que nacemos, iniciamos una andadura para la que no hace falta sostenerse sobre los pies. Es el principio de nuestro viaje, que puede ser un corto paseo o una larga caminata, pero en cualquier caso, toda una aventura.
No importa que creamos en la existencia de un camino o que nos abramos paso entre matorrales: andamos y andamos, con objetivos o sin ellos, con la certeza o no de que vamos a alguna parte. Seamos dueños de nuestros pasos o tengamos que acatar las órdenes de alguien que se cree con poder para determinar la senda que hayamos de recorrer, andamos, impulsados por la fuerza de buscar una meta, desafiar al destino, vivir aventuras... son tantas las conjeturas en las que pensamos para dar respuesta a la pregunta de por qué andamos... una pregunta complicada que llevamos mucho tiempo haciéndonos. ¿Qué nos hace caminar? ¿Por qué no estamos quietos? ¿Por qué vivimos? No, no debemos preguntarnos por qué vivimos todos, sino por qué vive cada uno de nosotros. Y aun así... ¿será útil hacernos esta pregunta? ¡Cuántos interrogantes! Pero no tengo la respuesta para ninguno de ellos, ni suficiente tiempo ahora para saciar mi curiosidad. Son preguntas que me llevará todo un viaje poder responder.
Durante ese viaje que con gusto prosigo, no sin encontrar obstáculos en algún momento, miro a mi alrededor y veo que no estoy sola en el camino, mas sí en mi caminar; muchos otros andan, apoyándose en su palo de madera o mostrándose virtuosos sin necesidad de bastón alguno, y pasan cerca de mí. A algunos los conozco desde el principio y me han enseñado a dar mis primeros pasos. A otros los hallé más tarde, pero llevamos tanto tiempo viajando juntos que siento que nos conocemos de mucho antes y les agradezco que me hagan mucho más llevadero este largo paseo.
Sí, cada uno de nosotros emprende su propio viaje, pues sólo su propia vida le pertenece. ¿Sólo? ¡Con una vida tienes aventuras más que suficientes! Pero que vivas una sola vida no significa que vivas solo. En tu camino encuentras a otras personas. Algunas te ayudarán cuando lo necesites y te traerán risas que recordarás en el futuro, y otras te traerán malos momentos que no recordarás con agrado pero de los que, si maduras lo suficiente para que una pizca de sabiduría florezca en ti, aprenderás al igual que aprendes de quienes tanto bien te hacen.
Hay personas que se cruzan en nuestro camino casi por accidente y que acaban convirtiéndose en valiosos compañeros que se mantienen o no como tales hasta el final; las hay que desaparecen de repente, hubiesen aparecido fugazmente o a pesar de haber compartido con nosotros un comienzo magnífico. Sólo el tiempo y nuestros pasos pueden revelarnos el futuro de nuestros encuentros, una vez se haya convertido éste en presente.
Pensemos en esas personas que nos hacen ver que no todos somos especiales y a la vez lo somos... porque todos somos caminantes, pero sólo algunos logran despertar en nosotros ciertos sentimientos que la humanidad en su totalidad no consigue inspirarnos. En mi caso, pese a mi desconfianza en la raza humana, he descubierto que hay pocas pero valiosísimas personas cuya presencia me hace creer en ellas y vivir con entusiasmo.
Somos tan pequeños... y encerramos cosas tan grandes en nosotros que resultan inabarcables. Tantas diminutas cosas en que pensar y descubrir cuán grandes pueden llegar a ser... y el mundo, pese a su grandeza exterior, es pequeño también, pues dentro de él, las minúsculas rutas de quienes andan cada día, se cruzan y permiten que nos conozcamos, que descubramos que no estamos solos y que la sola presencia de esos compañeros, desconocidos o no, tiene un gran poder, al igual que la nuestra.
P.D.- sobre la nieve que cubre el suelo, impidiéndonos ver hacia donde vamos, destacamos...
En tiempos fui capitana de un navío de guerra, pero el mar lo arrastró y a mí con él, pues no sería buena capitana si abandonara mi barco. En las profundidades vivo y desde aquí escribo mensajes embotellados...